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El veneno en frasco pequeño sigue siendo veneno

Infocatólica nos comunica que Amnistía Internacional presiona a Nicaragua para que legalice el aborto, con el siguiente argumento:

 «Debe existir la posibilidad de que la mujer que es violada o que está en riesgo de perder su vida, pueda decidir o no perder el hijo», señaló a periodistas el director de AI de España, Esteban Beltrán.

Más allá de la propaganda del aborto, que lamentablemente hemos llegado a esperar de Amnistía Internacional, es interesante fijarse en la forma en que se redacta la declaración, porque lo central no es que la mujer haya sido violada o esté en peligro de muerte, sino que ella “pueda decidir o no perder el hijo”.

Al menos el Director Beltrán admite que estamos ante una madre que pierde a su hijo, pero, a juzgar por sus palabras, no la mujer lo que le intersa proteger, sino la soberanía de su voluntad, que ella “pueda decidir”. La distinción no es gratuita o arbtriaria: saben que el concepto que deben propagar es es la opción y la libertad, porque cuando es la madre quien decide si su hijo debe ser protegido por la ley, ellos ya han ganado la batalla por el aborto.

Por supuesto que el caso de “violación o peligro para la vida de la madre” es extremo, donde el sufrimiento para una mujer inocente parece elevarse a cotas intolerables, de modo que cualquiera con un poco de empatía humana admitiría que no se debe castigar a la mujer que aborta, si se encuentra en un trance tan terrible. Si el mundo fuera ideal y pudiéramos conocer con certeza las intenciones de las personas, podríamos decir que a veces el castigo por un crimen cometido parece excesivo, pero una cosa es la compasión, y otra muy diferente lo que está en juego aquí, que es la necesidad de tener leyes que se aplicarán en los tribunales de justicia.

Porque si el principio es que la madre sea la que elige si su hijo vive o muere, en el hecho estamos admitiendo que hay algunos seres humanos de los que podemos disponer según nuestra conveniencia, o cuya vida depende de lo que otros opinen. Desde luego, esta conclusión es inaceptable, porque deja abierta la puerta para luego, en base al mismo precedente, digamos que hay otros humanos cuya vida tampoco merece ser protegida, por su raza, por su utilidad para el Estado o por la ideología que sostienen, y a los que nos acusan de alarmistas por advertir de este peligro, basta responder con la historia del S. XX.

El derecho conoce este tipo de situaciones límite, donde el sufrimiento para una persona totalmente inocente parece ser intolerable, y parece lo más fácil cerrar los ojos sólo en este caso, pero en vez de crear excepciones para evitar ese dolor, la ley ha optado por afirmar los principios, aún sabiendo que a veces ello implica aceptar que vamos a sufrir. Imaginen, por ejemplo, a la víctima de una violación que debe presenciar como su agresor es absuelto por su crimen y camina libre por la calle, porque un policía no supo realizar correctamente un procedimiento. A pesar de ser culpable y que incluso podrá ufanarse de haberle “ganado” al sistema, la ley prefiere tolerar la injusticia y el dolor de la víctima, antes que poner en peligro garantías de todos los ciudadanos, que pueden haber sido violadas por el Estado en el proceso de obtener pruebas en su contra, como la privacidad o el derecho a guardar silencio.

No es más lo que pedimos respecto al aborto: sabemos que habrá situaciones de intenso dolor, cuando parece más fácil olvidarse “sólo en este caso” que estamos ante un ser humano; pero es precisamente en esos momentos cuando se prueba si de verdad creemos que todos los seres humanos son iguales y tienen los mismos derechos.

En contra de esto, se nos ofrece el antiguo veneno de eliminar a aquellos que nos resultan inconvenientes, envuelto en frascos de natural y razonable compasión. Puede parecer un envase pequeño, un caso demasiado justificado y poco común, pero al tomarlo no sólo destruimos una vida humana, sino también aquel principio que todo el sufrimiento del S. XX nos obligó a admitir: que toda vida humana es irremplazable y que nunca se puede procurar la muerte de un ser humano inocente.

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Categorías:Pro-vida
  1. 3/08/11 en 4:34 am

    querido amigo, gracias por hacérnoslo saber… sin duda, algo una exigencia es inaceptable, es un caso más de colonialismo cultural, aunque te aseguro que la gente de Amnesty lo hace con la mejor intención…
    Un abrazo!

    • 4/08/11 en 8:55 pm

      Gracias, Marta, últimamente el blog de infocatólica está mucho más activo 🙂

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