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Acto conyugal: ahora que tengo vuestra atención…

… déjenme contarles acerca de la pregunta que nos dejaron hace unos días:

Cuando se hace referencia a métodos artificiales (“la prohibición de recurrir a métodos artificiales para propiciar la concepción”) ¿Se refiere a la fecundación “in vitro” –debido a que generalmente se seleccionan solo dos o tres de los óvulos fecundados fuera del útero para su implantación o dentro del mismo– o también a la inseminación artificial, que consiste en estimular mediante hormonas a la mujer, estimularla a ovular y luego aplicar directamente en el útero el semen del marido?

El principio es que el sexo es sagrado, y tanto así que debemos protegerlo de todo lo que mancille su pureza y destruya su esencia. Contra nosotros se alzan los muros del “yo hago lo que quiero” y los barrancos de la represión que el mundo moderno identifica con la moral victoriana. ¿Y por qué es sagrado? Pues porque a través de él participamos en la creación de la única criatura que porta en sí misma la imagen y semejanza de Dios, participación que desde luego no se agota en la cópula sino que se inicia ahí y por su propia naturaleza se extiende a través de los años, de modo que destruye esa esencia quien niega la capacidad de producir nueva vida humana, y quien produce una persona sin recurrir al sexo.

Si esto es cierto, entonces cuando un hombre o una mujer sufren una enfermedad que afecta sus capacidades reproductivas, se deben tomar todas las medidas necesarias para curar dicha condición, y eso incluye los tratamientos para regularizar la producción de óvulos o mejorar la calidad de los espermios. En cambio, no es lícito reemplazar la función que cumple el acto conyugal con medios técnicos, como el tomar el óvulo y el semen de los cónyuges y manipularlo para obtener un nuevo ser humano.

En la inseminación artificial, serían aceptables las terapias para regularizar el ciclo menstrual y la ovulación, pero no sé si la estimulación hormonal en particular tenga efectos secundarios que la hagan desaconsejable, por ejemplo, una infertilidad posterior. Respecto del segundo paso, que sería aplicar el semen del marido directamente en el útero, es claramente inaceptable, precisamente porque elimina el acto conyugal de la generación… y eso sin entrar a la forma como se habría obtenido los gametos masculinos. Un caso más limítrofe en su licitud, es el que se plantea cuando se recupera parte del semen producido en una relación conyugal lícita y éste se traslada al interior de la matriz, donde puede llegar a encontrarse con el óvulo más fácilmente. Por un lado parece que la técnica es demasiado similar a la inseminación artificial, pero por otro se argumenta que ha habido una relación conyugal de donde provienen los espermios, que ayudarlos a alcanzar el óvulo no sería esencialmente diferente a otras técnicas que se han usado desde antiguo, como levantar la pelvis luego del coito, y que no hay certeza acerca del origen del espermio que participó en la fecundación, si uno implantado o no.

Se suele decir, generalmente por quien intenta venderte un seminario en bioética, que estas nuevas tecnologías plantean problemas morales completamente nuevos. No es verdad.

Cada situación en que nos encontramos las personas lleva implícitas sus propias opciones éticas, pero los principios siguen siendo los mismos. Respecto al sexo en particular, parece que esto de tener “niños probeta” (¡que frase tan típica de los 70!) o guardar embriones en congelación fuera algo técnicamente tan novedoso que el juicio moral estaría completamente desfasado. Sin embargo, sólo puede llegar a esa conclusión quien vea la ética como una doctrina esencialmente tradicional, anclada a las realidades especiales de cada época y válida sólo para ellas.

En cambio, la ética basada en principios puede dar respuestas aplicables a nuevos casos, y para ella el problema de los niños concebidos fuera del vínculo matrimonial fue resuelto hace mucho, con casos tan simples como el adulterio. Es adulterio que el marido recurra a otra mujer para obtener los hijos que su esposa no puede darle, aunque la esposa consienta, y ahí tenemos los casos de vientres de alquiler, y también lo es que terceros obtengan un embarazo en una mujer sin la participación del marido, a pesar de que él esté de acuerdo. La respuesta sigue siendo la misma: no lo hagas. Por otro lado, el producto de todas estas técnicas ilegítimas sigue siendo un ser humano, tanto como lo es un hijo concebido en adulterio.

Como hombres modernos, esta solución nos violenta, porque nos encontramos en la etapa en que el péndulo se inclina decididamente por el “yo hago lo que quiero”, pero en verdad las consideraciones acerca de la voluntad para juzgar si un acto es lícito o no son posteriores a las relacionadas con la bondad o maldad intrínseca del acto. Dicho de otro modo, lo que yo quiero hacer es importante, pero sólo cuando hemos superado la barrera de poder decir que lo que quiero no es intrínsecamente malo.

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Categorías:Sexualidad
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