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Declaración de los obispos chilenos sobre el Acuerdo de Vida en Común

Los obispos chilenos han publicado una nota acerca del proyecto de ley sobre Acuerdo de Vida en Común, que se encuentra actualmente ingresado en el parlamento. Puede parecer una declaración breve y formal a primera vista, pero hay en ella mucho trapo que cortar ¡y ese es un trabajo para los laicos!

Vamos entonces directamente al meollo del asunto. En su punto tercero, la declaración señala:

3. En efecto, en virtud de leyes de formulación imprecisa, el justo rechazo a la discriminación ha sido esgrimido eficazmente en algunos países para, entre otros propósitos, afectar la esencia del matrimonio como unión entre un varón y una mujer, abierta a la generación de hijos conforme a su naturaleza.

Puede pasar desapercibido que los obispos hayan abordado algo tan importante como es la esencia del matrimonio, y que se echa de menos, tanto en la actual discusión actual acerca del Acuerdo de Vida en Común, como en la anterior acerca del divorcio ¡Pero lo hacen! Y así, podemos leer que la esencia del matrimonio es la unión entre un varón y una mujer, abierta a la generación de hijos conforme a su naturaleza.

La esencia del matrimonio es unión, no son los sentimientos, ni el reconocimiento del Estado, ni siquiera la mera intención de permanecer unidos (uno puede necesitar separarse y seguir casado). Todo eso es muy bueno y deseable, nada hay de malo con sonreír cuando miras a tu cónyuge mientras duerme, pero no siempre es así (bien lo sabemos los casados), y la ausencia de ese aspecto no invalida o destruye la unión real que se encuentra detrás, porque ya no son dos, sino uno.

Pero ¿unión de qué? Pues de un varón y una mujer ¿Por qué de un varón y una mujer? ¿Por qué no de dos varones? ¿o de un varón y las mujeres a las que pueda mantener? ¿o de un varón y su mascota? ¿o de un varón y su TV LED de 52 pulgadas? Porque es una unión abierta a la generación de hijos conforme a su naturaleza, y la única forma de generar hijos naturalmente es entre un varón y una mujer.

Son los hijos, y particularmente la esmerada labor de los padres en su educación, los que dotan al matrimonio de toda su dignidad y le otorgan el carácter especial diferente a toda otra relación. Hay lamentables situaciones donde los hijos no llegan como uno lo esperaría, y es por eso que los obispos hablan de una unión abierta a la generación de hijos, y no se exige que los tenga efectivamente. Me pregunto si los obispos, al decir que la generación de hijos debe ser conforme a su naturaleza, tenían en mente la prohibición de recurrir a métodos artificiales para propiciar la concepción, pero la cuestión es ambigua, pues el pronombre “su” puede referirse al sustantivo más cercano, es decir a la naturaleza de la generación de hijos, en cuyo caso la respuesta sería afirmativa, o puede apuntar a la naturaleza de la relación, situación en la que el vínculo sería más lejano.

Continúa el documento episcopal:

4. Asimismo, so pretexto de evitar la discriminación se ha atentado contra el derecho superior del niño de contar con un padre y una madre, ya sean éstos sus progenitores o sus padres adoptivos.

La introducción de la abrumadora tecnología anticonceptiva y abortiva en nuestra cultura ha destruido la relación natural entre los hijos, el sexo, el matrimonio y la pareja, y ahora cada cual se arroga la libertad de amalgamar estos elementos como mejor le parezca.

Durante muchos siglos, el daño causado por la promiscuidad fue evidente (enfermedades, niños desamparados, pobreza) a nadie se le ocurrió decir que la Iglesia estuviera obsesionada con imponer su moral sexual ¡porque era la misma que la de cualquier persona cuerda! Pero la tecnología cambió eso y cuando los perjuicios ya no estaban a la vista, sino ocultos bajo las estadísticas de suicidio, depresión y stress, lo más natural fue decir “¿y por qué no podría yo ser promiscuo/a?

Pero el daño sigue ahí, porque un dato esencial no ha cambiado, y es que cada niño sigue necesitando un padre y una madre, más aún, tiene derecho a ellos. Podemos ignorar esta necesidad por muchos años, porque cada generación se toma su tiempo en crecer, y el Estado todavía tiene dinero para antidepresivos; incluso es posible que no alcancemos a ver las consecuencias de nuestras opciones, pero eso no implica que nuestros hijos hayan dejado de sufrir.

Por esto, por evitar el sufrimiento y la injusticia, es que los católicos tenemos el derecho y el deber de reafirmar la necesidad de una regulación fuerte y clara del matrimonio, que respete sus características esenciales y su importancia para la comunidad. No caben aquí consideraciones de tipo religioso o estrictamente ético.

Habría mucho más que comentar, como las proféticas advertencias de los obispos acerca de las restricciones a la libertad de expresión y religión, o el rechazo a los ambiguos conceptos de “género” u “orientación sexual”, pero como este es un blog escrito por un abogado, quedémonos con el último párrafo

Todo auténtico derecho humano respeta la naturaleza del ser humano y de las comunidades primarias que éste conforma, como es el matrimonio y la familia. La naturaleza humana contiene una verdad y genera una fuerza contra la que nadie, ni siquiera las leyes, pueden erigirse. Cuidémosla. La experiencia universal lo demuestra, acumulando inmensos sufrimientos y nocivos extravíos en virtud de leyes que han favorecido acciones contrarias a ella.

Esto es para ponerlo en la contratapa de todos los libros jurídicos.

Pocos conceptos exasperan más a la progresía que el de naturaleza, porque lo que una cosa es esencialmente limita nuestra libertad de lo que podemos hacer con ella. Curiosamente, se llenan la boca hablando de los derechos humanos, pero rechazan pensar siquiera que el hombre cuente con una esencia, siendo que la única forma de distinguir un auténtico derecho humano de otro espurio, y de resolver los conflictos entre ellos, es haciendo referencia a la naturaleza. Llamar a algo un “derecho humano” sin pensar en qué nos hace ser humanos, hace que toda la retórica constitucional y del derecho humanitario no sea diferente a la voluntad del más fuerte.

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Categorías:Matrimonio
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