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Por qué soy católico: La cuestión histórica

En las entradas anteriores de esta serie, esperamos haber mostrado que no se requiere un salto de fe para afirmar la existencia de Dios, porque existen pruebas o indicios filosóficos que apuntan hacia esa conclusión, con mayor fuerza que a la opción contraria. Lo que corresponde a continuación es bajar de la nube, por así decirlo, y observar si las conclusiones a las que apunta la razón han hallado eco a lo largo de la historia de la humanidad.

Al hacer esto, nos encontramos con una situación mixta: por una parte todas las culturas han creído en alguna forma de realidad espiritual, pero ninguna ha centrado su práctica religiosa en base a este Dios único y trascendente al que apuntan las razones de la filosofía. No existe ninguna comunidad que, por precarios que sean sus recursos, no haya creído indispensable elevar el espíritu a realidades superiores a las meras necesidades de supervivencia, y reservar tiempo para los actos de la religión. Si la existencia de Dios puede aparecer contenciosa, la de una realidad espiritual, en cambio, es una constante universal, parte de la experiencia de todo ser humano capaz de decir “tú y yo”.

Así nos encontramos con las más diversas manifestaciones de religiosidad, desde el animismo propio de las culturas más primitivas, hasta el colorido politeísmo de los grandes imperios, pasando por el culto a los antepasados propio de las sociedades más austeras.

Las anomalías del monoteísmo…

A pesar de que los filósofos muchas veces hablaron de este principio (Arjé, Dharma, Tao) trascendente a la realidad, y superior incluso a los dioses, no hay registros de una religión organizada en torno a esta idea, seguramente porque es muy poco lo que se puede obtener de una entidad que no responde a las oraciones, frente a los otros dioses que parecían premiar las ofrendas de sus seguidores. Lo más lejos que se llegó en este sentido fue a sectas como los pitagóricos, o los monjes budistas, pero que nunca pasaron de ser pequeños grupos de élite, similares a la masonería moderna.

A pesar de esto, actualmente poco más de la mitad de los seres humanos vivos actualmente se identifican como cristianos, musulmanes o judíos, religiones que no sólo son henoteístas (que adoran a un dios entre otros), sino que son estrictamente monoteístas, y así afirman que sólo existe un ser que puede ser llamado propiamente Dios y que es digno del culto de adoración por los hombres, y que ellas identifican con el dios de los filósofos del que veníamos hablando.

Ya el monoteísmo es excepcional en el contexto de las religiones que han tenido las diferentes culturas, pero todavía podemos sumar a otra peculiaridad: los tres grupos mencionados y que agrupan a la mayoría de la humanidad, fundamentan su creencia en un único evento ocurrido hace cerca de 4000 años, en torno a la figura del patriarca Abraham.

Lamentablemente las fuentes históricas al respecto, más allá del relato del Génesis (que también tiene valor histórico, aunque no sea una crónica) son escasas, pero para nuestro ejercicio basta con constatar que en ningún otro momento la idea de un dios único tomó la fuerza suficiente para ser la piedra angular de una religión. Curiosamente, el pueblo donde se enraizó este monoteísmo no era de grandes inclinaciones filosóficas, como los griegos, y, al contrario, sería más preciso caracterizar a Israel como barbárico y primitivo en sus costumbres (2 Cor 12:9). De hecho, si prestamos crédito a sus propios registros, vemos que les costó mucho tiempo asumir que el dios único al que adoraban era esencialmente diferente a los dioses de los pueblos vecinos.

Lejos de ser una idea popular en el colorido tapiz que conformaban las religiones politeístas de la antigüedad, donde las figuras divinas pasaban de una ciudad a otra y se adaptaban a las diferentes mitologías locales, el monoteísmo no se expandió a otros pueblos por los siguientes dos mil años, sino que se mantuvo como una característica propia de un grupo pequeño, y en cambio, la lucha parece haber sido precisamente en la dirección opuesta, es decir, para evitar que los dioses de otras naciones fueran adorados por los israelitas además del dios de Abraham.

En todo caso, a la época en que se produce la expansión del monoteísmo en el mundo, ya Israel había incorporado a su vida litúrgica la estricta adoración del dios único y la conciencia de que los dioses de otros pueblos eran falsos.

…de Jesús de Nazareth…

Al seguir rastreando al Dios único en la historia de la humanidad, necesariamente nos encontramos con Jesús de Nazareth, por la importancia que tuvo como fundador del cristianismo, religión que expandió el monoteísmo judío para que dejara de ser la religión de un grupo nacional y se convirtiera en la fuerza mundial que es hoy.

Desde luego la principal fuente de información acerca de esta persona son los evangelios canónicos, que han sido objeto de cuestionamientos a lo largo de toda la historia, pero en este momento sólo los consideraremos como fuente de información histórica, para extractar de ellos algunos rasgos de la vida de Jesús de Nazareth, viéndolo sólo como un predicador. Así nos encontramos con que, aún considerado desde esta perspectiva limitada, la figura de Jesús se alza como extraordinaria en medio de la historia. Sólo por anotar algunos aspectos excepcionales de su vida:

Es el único fundador de una religión de origen popular. De las religiones cuyo fundador conocemos, Moisés era un príncipe de Egipto, Mahoma se casó con una rica viuda, Gautama Buda nació en el seno de una familia noble del clan de los shakia, Confucio en una familia de terratenientes noble, el clan de los Kong. No se trata aquí de dar alas a una espuria asociación del tipo “Jesús fue el primer socialista” (lo que es absurdo porque Él se tenía por rey del universo), sino de mostrar que si bien todo fundador de una religión exitosa es por lo mismo alguien extraordinario, el haber sido de extracción humilde, con las consiguientes dificultades para educarse y proporcionarse un medio de vida, hace que Jesús de Nazareth se destaque aún más en medio de un grupo tan especial de personas.

Es el único criminal convicto y ejecutado que ha fundado una religión. Estamos acostumbrados a ver la cruz como un símbolo religioso, pero en cambio, en el S. I. de nuestra era, predicar a un rabino crucificado era el equivalente de admitir su derrota a manos del Estado. Y sin embargo, el Imperio que lo enjuició fue destruido, en tanto que su religión sigue ganando adeptos. Esto puede no parecer gran cosa, pero eran muchos los aspirantes a Mesías de los judíos, tanto antes como después de Jesús, y sólo él ha mantenido esa reivindicación más allá de su muerte.

Y lo hizo en sólo 3 años. Nuevamente, si buscáramos establecer una “línea de base” para la aparición de una nueva religión tendríamos que anotar que los seguidores del fundador hayan tenido tiempo de conocer a esta persona, superar la resistencia a un nuevo mensaje y percibirlo como un modelo de vida a seguir, todo lo cual lleva un tiempo considerable, normalmente una vida entera. La predicación de Jesús en cambio, fue extremadamente breve y concluyó con su derrota, pero a pesar de eso algo sucedió que llevó a esta nueva secta del judaísmo a convertirse en la religión más seguida del planeta.

…y de su Iglesia.

Un hecho que nadie se ha visto en la necesidad de negar aún es que nuestro particular predicador judío errante eligió a doce varones para que formaran parte de su círculo más íntimo.

En el contexto de la religión judía, haber escogido a ese número de apóstoles es muy significativo, porque claramente hace referencia a los doce patriarcas, hijos de Jacob, que dieron lugar a las doce tribus de Israel, el pueblo de Dios. Si a esto le sumamos la esperanza mesiánica que es inherente al judaísmo, y que incluye la restauración del pueblo de Israel, es evidente que al elegir a los doce apóstoles, Jesús expresó su intención de formar un nuevo pueblo, del cual él mismo sería el padre y fundador.

Así, en vez de dejar una ley, o escribir un libro para perpetuar su mensaje, Jesús opta por dejar una Iglesia con la misión explícita de propagar sus enseñanzas, y esta comunidad, al igual que su fundador, también tiene algunos caracteres especiales, que la hace un fenómeno único en la historia de la humanidad

Predicó que su fundador, Jesús es Dios omnipotente. ¿Recuerdan ese Ser Supremo, Principio Moral, Primera Causa, Motor Inmóvil del que hablábamos al revisar la cuestión filosófica? Bueno, la Iglesia cristiana se lanzó a predicar que ese “dios de los filósofos” infinito y trascendente, era Jesús. Para hacernos una imagen de lo extraordinaria que es esta declaración, preguntémonos qué diríamos si un predicador callejero dijera “soy un dios”. Seguramente lo encerraríamos por loco, pero si más encima nos pidieran creer que ese sujete es el logos, principio y fundamento de toda la realidad, no daríamos ni un segundo pensamiento a tan excéntrica doctrina.

Predicó insistentemente que Jesús había resucitado. Ya veíamos que el monoteísmo judío había sido difícil de “vender” en medio de las naciones politeístas, pero si uno quiere propagar una nueva religión, lo más sencillo es evitar abusar del natural escepticismo de la gente ante la predicación de que Jesús fuera no sólo un dios, sino Dios mismo, y no agregar a ello un hecho no sólo extraordinario, sino único, como la resurrección. Sin embargo, eso fue precisamente lo que hizo la Iglesia cristiana primitiva ¡y tuvo éxito!

En las religiones politeístas eran comunes los relatos de hombres que por su bondad y sabiduría se elevan hasta ser contados entre los dioses, el último lugar donde esperaríamos encontrar a esa identificación era en medio del estricto monoteísmo judío, y no debemos olvidar que los doce apóstoles, patriarcas de esta nueva religión, eran todos judíos, al igual que San Pablo, apóstol de los gentiles.

Y fue perseguida por ello. Todas las religiones que han logrado permanecer lo han hecho bajo el alero del Estado (Hinduismo, Buda, Confucio, Mahoma) o huyendo del Estado (Moisés, Mormones), salvo el cristianismo, que soportó persecuciones por cerca de 300 años. Primero, cuando era sólo una secta judía, el cristianismo fue perseguido por las autoridades del templo de Jerusalén; y luego, cuando se extendió entre los gentiles, por parte del Imperio Romano, el Estado más poderoso de la antigüedad.

Lo extraordinario aquí no es que la Iglesia haya sufrido bajo el poder del Estado. Después de todo, muchos líderes religiosos han caído muertos a causa de sus ideas, y muchas religiones han desaparecido bajo la bota del Estado, mientras que las que perduran se han asimilado al poder político, convirtiéndose en su herramienta. Lo que hace especial al cristianismo es que, a pesar de la prolongada persecución, haya permanecido para convertirse en la religión más importante del mundo.

¿Subsiste?

Hasta ahora tenemos que Jesús de Nazareth predicó en el S. I de nuestra era, y fundó un grupo de seguidores que rápidamente se diferenció del judaísmo donde había surgido. La pregunta lógica entonces será si esa comunidad mantiene su identidad hasta el día de hoy.

En el Concilio Vaticano II, particularmente en la Constitución Apostólica Lumen Gentium, los padres conciliares de la Iglesia Católica afirmaron:

Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica […]. Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.

Entonces, los católicos responden que sí, que la Iglesia que hoy dirige el Papa de Roma es la misma que fundó Jesús de Nazareth.

Ahora bien, esta afirmación ¿Encuentra apoyo el registro histórico? La verdad es que si no lo hiciera, los numerosos enemigos de la Iglesia ya estarían sobre ella con uñas y dientes. La Iglesia Católica ha sido un actor en la historia europea claro e identificable, de forma ininterrumpida, casi como si fuera un reino más, pero cuya monarquía se ha mantenido estable desde hace dos mil años.

Ya el Emperador Teodosio, al implantar el cristianismo como religión oficial del Imperio, en el año 380 mediante el Edicto de Tesalónica, lo hizo con las siguientes palabras:

Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro, hombre de santidad apostólica.

Esto muestra no sólo que existía una comunidad cristiana que reconocía como regla de fe la tradición apostólica, sino que ella se remontaba a la predicación del apóstol Pedro en Roma, tal como lo hacen los católicos hoy en día. Algunos han querido ver en este acto un intento desesperado de Teodosio por conservar la unidad del Imperio a través del cristianismo, y probablemente lo sea, pero lo que a nosotros nos interesa es la forma en que eligió hacerlo: afirmándose en una religión con sede en Roma. Recordemos que Teodosio era emperador del Imperio Romano de Oriente, con sede en Constantinopla, mientras que al 380, Valentiano lo era de la parte occidental, de modo que si hubiera tenido alguna forma de “fundar” una nueva religión, sin dudas lo habría hecho bajo su control, en su capital imperial y no apelando a la autoridad del Apóstol Pedro, que precisamente tenía su sede en la única ciudad que podía competir con Constantinopla por los mayores honores. Así, la conclusión lógica es que la Iglesia Católica ya existía al 380 como una entidad reconocible para todos en el imperio y con autoridad apostólica.

¿Y entre el S.I y el año 380? Casi con la misma energía que predicaban, los primeros cristianos se dedicaron a escribir, y gracias a eso hoy contamos con una multitud de documentos anteriores al 380, y que nos muestran lo que creían los cristianos de los primeros cuatro siglos, con su insistencia en la eucaristía, la unión con el obispo y la situación especial de Roma como estándar de la fe (pienso específicamente en San Ignacio de Antioquía y San Ireneo de Lyon), todo lo cual apunta a una continuidad no sólo política sino también doctrinaria mantenida hasta hoy.

En conclusión, la historia muestra que la Iglesia Católica, como la conocemos hoy, es la legítima continuadora de la comunidad a la que Jesús de Nazareth confió la misión de preservar y transmitir su mensaje.

Desde luego, tanto protestantes como ortodoxos cuestionan fuertemente esta posibilidad, aunque por motivos muy diferentes.

Desde un punto de vista histórico, las Iglesias protestantes se originan en Martín Lutero, monje agustino alemán, y de ese modo encuentran su raíz precisamente en aquella Iglesia con la que mantienen diferencias doctrinarias importantes. Para justificar estas diferencias y vincularse al fundador del cristianismo, necesitan sostener que la Iglesia primitiva compartía los pilares de Lutero (sola gratia, sola fide, sola scriptura) y que la Iglesia Católica se desvió de tales enseñanzas, pero el registro histórico no apoya ninguna de estas dos hipótesis.

Por un lado, los escritos cristianos canónicos no son claros en afirmar las doctrinas luteranas, como sola scriptura, y otras las contradicen directamente, como la carta de Santiago cuando afirma que “el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente” (2:25) contradiciendo directamente la idea de sola fide. En cuanto a los escritos cristianos extra canónicos, los llamados Padres de la Iglesia, más allá de las diferencias particulares entre ellos, es el consenso general que ellos en su conjunto tienen un evidente sesgo católico. Por otra parte, tampoco hay evidencia histórica de una apostasía general de la Iglesia, y de que se hubiera mantenido la pureza primitiva protestante. En este sentido, contamos con los registros de las controversias con diversos grupos heréticos que la Iglesia condenó a lo largo de su historia, y ninguno de ellos puede asimilarse a las doctrinas de los protestantes de Lutero. Así, desde un punto de vista estrictamente histórico, el protestantismo no puede mostrar un vínculo con Jesús, que no sea a través de la Iglesia Católica, ni que sus enseñanzas no sean una innovación respecto de las doctrinas sostenidas por la Iglesia.

Las diferencias con las Iglesias Ortodoxas Orientales, en cambio son mucho más sutiles y difíciles de dilucidar desde una perspectiva histórica, porque las diferencias doctrinarias son mínimas y más se asemeja a una contienda política, precisamente entre Roma y Constantinopla por mantener la hegemonía, que a una divergencia religiosa. En todo caso, puestos a optar entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas, al menos la Iglesia Católica conserva la unidad, en tanto que, de optar por las Iglesias Orientales todavía habría que elegir a cuál de ellas adherir.

Ok, eso por ahora. Hemos mostrado que es razonable asumir que Dios existe y que la Iglesia Católica es una fuente legítima de información acerca de Jesús de Nazareth y sus enseñanzas religiosas. En la siguiente entrada de la serie revisaremos si existen razones para confiar en lo que nos dice nuestro predicador judío favorito.

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