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Por qué soy católico

Si nos preguntaran “por qué eres católico” ¿que contestaríamos? Creo que la mayoría lo consideraríamos una pregunta ruda, y seguramente daríamos razones familiares y geográficas para salir del paso: “porque es lo que me enseñaron”, “porque me bautizaron de niño” o “porque nací en un país de tradición católica”.

La respuesta correcta, desde luego, sólo puede ser una: “porque la religión católica es verdadera, es decir, enseña la verdad”, pero más interesante es la siguiente pregunta, que es lo que en el fondo se quiere averiguar: “bueno ¿Cómo lo sabes?”. Ahí, seguramente lo primero que se nos vendría a la mente sería “porque tengo fe”.

El salto de fe

Observando la época mi formación religiosa (de cursos de primera comunión, de colegio salesiano, de ser delegado de pastoral de mi curso, y asistir esporádicamente a misas), es fácil darse cuenta que yo y mis compañeros nos encontrábamos sumergidos (“bautizado” si se quiere) en la doctrina  del “salto de fe“, es decir, la noción más o menos implícita de que creer en los dogmas cristianos implica la virtud de adherir a las enseñanzas de NSJC, sin contar con evidencia para ello, que bastaba la íntima convicción, e incluso que era signo de amor.

Nuestro tiempo, privado como está de catequesis, ha sido tierra fértil para este concepto, tal vez porque eso de pertenecer a cierta minoría escogida a la que Dios ha dado la fe, es simple, y a la vez halagador. También es muy funcional a cierta clase de no creyente (frecuentemente dedicado a la política) que, al ser consultado por sus convicciones religiosas simplemente responde “no me ha sido concedido el don de la fe”.

Un corolario de esta misma idea lo encontramos en cada película cuya la moraleja sea “cuando tengas dudas, sigue a tu corazón”, o libro de autoayuda que te diga que no necesitas escuchar a nadie más para saber qué es lo correcto, ciertamente no a los líderes religiosos, y que “todo está en ti”. Basta pensar en la más famosa escena de cine, aquella donde Darth Vader revela que es el padre de Luke, y se supone que nuestro héroe debe “buscar en sus sentimientos” ¡para saber si el villano le miente o no!

Que los cristianos asumamos como propia esta forma de acercarnos a la religión sería desastroso, para la misión evangelizadora y para la ética. En primer lugar, a nadie se le ocurriría pensar de ese modo en asuntos de medicina o tecnología, de modo que la conclusión lógica será que la religión es una forma inferior y menos importante de conocimiento. En segundo término, si el conocimiento acerca de las verdades más profundas es estrictamente personal y depende de las emociones, toda religión será un asunto estrictamente privado, donde lo verdadero para mí puede no serlo para ti, y la predicación no tiene sentido. Finalmente si la conciencia también bebe de esta misma fuente para conocer la verdad moral, también se deberá afirmar que nadie puede decir a otro que actúe en contra de su más íntima convicción.

En oposición al “salto de fe”, la Iglesia Católica siempre ha confiado en la filosofía y enseña que “Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal” y a defendido a la vez la autonomía de la conciencia, y la absoluta necesidad de que su adecuada formación. Así la Iglesia se alinea con las escuelas de verdadera filosofía (en oposición a los sofistas que hacen nata hoy), y la ciencia, afirmando la posibilidad de conocer el mundo y la existencia de verdad más allá de opiniones subjetivas

¡Pruebas!

Imaginen, entonces, mi sorpresa al enterarme recién a los 20 años de bautizado que había “pruebas de la existencia de Dios”. Esto iba contra la forma misma de entender la religión que había aprendido, y me arrojó en un curso de indagación que no había previsto antes. Ocurrió en el ramo Introducción al Derecho, cuando estudiábamos los diversos conceptos de ley, que tuvimos que leer las secciones pertinentes de la Suma Teológica. No recuerdo si había oído antes de este santo, pero al pasar por el índice me llamó la atención las “pruebas de la existencia de Dios”, y me puse a leerlas. Claro, al principio no las entendí, porque están escritas en un lenguaje conciso y lacónico, pero luego de repasar lentamente por cada palabra surgían conceptos fascinantes, algunos arcanos, pero sobre todo lógicos.

No podemos dejar de mencionar aquí lo curioso que resulta que, habiendo tantas pruebas de la existencia de Dios propuestas por los filósofos de las más variadas escuelas, nuestra época haya adoptado como “postura natural” el sostener que cada uno es libre de decidir si Dios existe o no, y que tratar de convencer a otro es poco menos que un abuso. Esta curiosidad toma ribetes ridículos si observamos que esta misma cultura está dispuesta a librar guerras en aras de ideas mucho más improbables, como la igualdad, la libertad o los derechos humanos.

Tal vez el sustrato de una posición tan absurda desde el punto de vista filosófico sea nuestro innegable hedonismo, pues el S. XX nos mostró el dolor que pueden causar la persecución o las violaciones a los derechos humanos, pero eso de vivir sin Dios todavía nos parece algo lejano e inofensivo.

Plan de la obra

Dieciocho años después de mi encuentro con las pruebas de la existencia de Dios, y luego de haber pasado muchos bytes bajo el puente, creo encontrarme en condiciones de sostener que no se requiere un “salto de fe” ni argumentos circulares para ser cristiano, y para demostrarlo me he propuesto publicar una serie de entradas acerca de las razones que nos permiten afirmar, al menos con certeza moral, que el catolicismo es la religión verdadera.

Desde luego, no me impongo la meta de convencer a los no católicos, pues si ello fuera tan simple, ya lo habrían hecho otros más hábiles que yo; y en cambio apunto a la diana, mucho más modesta, de mostrar cómo se puede ser católico sin necesidad de contradecir o ignorar los datos que nos aportan la experiencia y la razón.

La conclusión propuesta puede dividirse en tres pasos sucesivos: primero una cuestión filosófica acerca de si es razonable suponer la existencia de un Ser Supremo, Dios, esencialmente diferente a todos los otros seres; segundo, una cuestión histórica, referida a lo ocurrido cuando se fundó el cristianismo por allá por el S. I de nuestra era; y tercero, una cuestión religiosa, en relación a las enseñanzas de esta religión. El plan es, entonces, hacer posts sucesivos abordando cada uno de esos temas.

Evidentemente, cada paso supone el anterior, pues aunque parezca que NSJC haya resucitado de entre los muertos y toda la evidencia apunte en ese sentido, si Dios no puede existir, entonces necesariamente la explicación será una que descarte Su intervención milagrosa. Por lo mismo, les pido que los comentarios se enfoquen directamente a los temas tratados en la entrada, de modo que la conversación sea fructífera y util.

Comencemos

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Categorías:Religión
  1. 8/04/12 en 9:09 pm

    misma cultura está dispuesta a librar guerras en aras de ideas mucho más improbables ¿Y el famoso “Dios lo quiere”? lema de los Cruzados en la Edad Media?¿La Guerra de los Treinta años, originadas por conflictos religioso cristianos? ¿No le parecen cosas ciertamente más superfluas que “como la igualdad, la libertad o los derechos humanos”?

    mostrar cómo se puede ser católico sin necesidad de contradecir o ignorar los datos que nos aportan la experiencia y la razón.
    Eso es fácil. “Es cuestión de fe” y la fe no puede ser cuestionada por la razón.

    Por favor, incluso a nadie les hace daño tener un dogma siempre y cuando se limiten a vivirla cada Domingo, pero la Humanidad misma no podrá sobrevivir si en lugar de ser más conscientes de nuestro entorno seguimos CREYENDO en religiones, cualquiera que estas sean

  2. Viena
    15/05/12 en 7:59 pm

    Hola hermano, soy una joven que crecí en un hogar ateo y durante toda mi adolescencia seguí siendo atea. Sabía mucho de filosofía y las pruebas de la existencia de Dios me parecían muy fáciles de rebatir desde la lógica. La vida me resultaba a veces muy dificil de vivir, como a casi todo el mundo, y añoraba que alguien me ayudase, que me tendiese la mano o que me comprendiese, me resultaba dificil de soportar la soledad de toda existencia y la ausencia de un sentido superior al que yo quisiese establecer. Tampoco resultaba cómodo estar constantemente planteándome qué motivos prácticos encontraba para adoptar un comportamiento moral permanentemente. Todo carecía de fundamentación última más allá de un sentido estético o de un simple “aceptar la nada o el transcurso del tiempo, del cambio y la vida”.

    Sorprendentemente, sin que nadie me hablase de Dios ni me indujese a ello, sentí una intensa y clara llamada. Su gracia me orientó a la lectura de la Biblia, y en un sueño muy hermoso el Papa me habló del camino de la conversión de San Agustín y de la necesidad de la unidad de la Iglesia católica. Tras esto mi vida se transformó por completo, jamás volví a sentirme sola, me sentí muy feliz y afortunada, me volví más fuerte y encontré amigos en la Iglesia. Me sentí comprendida y encontré una fundamentación para la acción moral, un verdadero motivo para ser buena y humilde. Sobre todo me siento llena de un inmenso amor a Dios, un amor precioso.

    No creo que las pruebas de la existencia de Dios sean el mejor camino, en realidad solo la fe puede conducirnos a comprender a Dios. “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Es muy complicado explicar lo que es el amor a alguien que no ha estado enamorado (los niños suelen burlarse del amor, porque es algo muy ridículo para la razón que no lo ha experimentado).

    El más fuerte argumento a favor de la fe es la dureza de la vida. Todos nos sentimos solos, todos morimos, todos somos vulnerables y nos sentimos en ocasiones terriblemente frágiles ante el mundo y nos preguntamos porqué seguir. Todas esas cosas son el hambre de Dios. Solo con Dios ese hambre puede desaparecer.

    En esta sociedad se ha tratado de convencer a los hambrientos de que no necesitan “comer”. Lo han creido y se han puesto enfermos. Esa enfermedad es usualmente la depresión, pero también la vileza y la soledad. Dentro de todos hay un instinto de Dios que nace del reconocimiento humilde de la propia impotencia.

    Yo apelo a ese salto de fe, a los sentimientos. En Dios hay una fuente inagotable de tesoros esperando para nosotros. Su amor infinito.

  1. 20/04/11 en 9:44 am
  2. 20/04/11 en 9:46 am
  3. 27/04/11 en 8:44 am
  4. 14/05/11 en 11:10 am
  5. 11/01/12 en 9:33 pm

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