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¿Excomunión a los curas pederastas?

Comentando la carta de Agustín Cabré Rufatt, Superior Provincial de los Misioneros Claretianos-Chile, publicada en El Mercurio de 23/03/11: Anatema a los pederastas

De partida, el titulo es llamativo pero engañoso, y exige aclaraciones. La pena de anatema es una forma especialmente solemne de excomunión, reservada para los clérigos que, luego de haber sido condenados, persistían en la conducta delictiva. Recordemos que hasta no hace mucho, comprobado el delito y determinado el culpable, el Estado no siempre tenía la posibilidad de encarcelarlo o  impedir que siguiera cometiendo sus fechorías, y por lo tanto se hacían necesarias ciertos rituales que avisaran a todos los miembros de una comunidad que no debían tener contacto con el sujeto peligroso.

Esta forma de sancionar fue derogada por el Código de Derecho Canónico de 1917.

Pero entonces ¿Será conveniente excomulgar a los curas pederastas?

La gravedad del pecado en cuestión nos lleva a responder con un sonoro “sí, las mayores penas para esos”, pero un análisis más frío nos hace dudar. Después de todo ¿Hay crímenes más graves que este? Claro, respondemos, aquellos que destruyen el cuerpo de la persona, como el homicidio, o su dignidad, como la tortura, y la Iglesia no ve la necesidad de excomulgar formalmente a cada homicida, aunque haya sido bautizado. Después de todo, cada vez que un cristiano comete un pecado mortal, no sólo se hiere a sí mismo y ofende a Dios, sino que además rompe el lazo de amor que lo une a la Iglesia, y desde ese punto de vista, por su propia conducta se encuentra excluido de la comunión (tanto del sacramento como de la conformada por los fieles), aunque no excomulgado en estricto sentido.

Luego, la declaración de que un delito conlleva una ruptura fundamental con la comunidad de fieles, es decir, la pena de excomunión (equivalente a la antigua anatema) debe reservarse para aquellos delitos que no pueden ser perseguidos por la autoridad civil,  y aquellos que, siendo de la máxima gravedad, como el aborto, sin embargo la sociedad no los percibe como tales.

En el caso de los curas pederastas, ellos saben que han cometido un delito contra caridad y la castidad, y uno tan grave que les impide acceder a los sacramentos mientras no se hayan reconciliado con la Iglesia, por lo que su declaración formal de excomunión no parece necesaria.

Es natural que el pueblo exija la reacción más enérgica de parte la Iglesia contra estos crímenes, pero ella se encuentra atada de manos, porque las sanciones canónicas siempre tiene por fin último el arrepentimiento del pecador y su salvación, lo que no coincide para nada con la opinión pública, que básicamente busca la venganza. Por eso, una declaración formal o ritual de excomunión respecto de un sujeto que ha admitido su delito no tiene ningún sentido, y tampoco la Iglesia puede tomar parte en un proceso que sólo tenga por objetivo la humillación pública del culpable.

En su carta, don Agustín avanza la tesis de que los curas pederastas han dejado de ser la Iglesia (pues Concilio Vaticano II habría abolido la antigua identidad entre la jerarquía y “la Iglesia”) y por lo tanto el pueblo cristiano no sería el culpable sino la víctima en este entuerto.

Los comentarios del sitio donde se publicó la carta han criticado esta conclusión, pero, como ocurre con frecuencia, las razones para hacerlo se mueven en un amplio espectro, desde los que creen ver en la carta un intento de victimización, hasta los que lamentan la apelación al Concilio.

No es cierto que alguna vez la Iglesia se haya visto a si misma como excluyente hacia los laicos, lo que se demuestra fácilmente al observar que la criatura más perfecta creada por Dios y modelo del cristiano y su Iglesia no es ni cura ni monja, obviamente me refiero a Nuestra Sñora. Tampoco es cierto que el Concilio haya modificado en lo más mínimo su constitución jerárquica. y nadie podría hacerlo. Pero más grave es entender a la Iglesia como una comunidad de santos, en la que no hay lugar para cierto tipo de pecadores, porque uno esperaría de un Superior Provincial de los Claretianos mayor sutileza teológica.

Es natural que nuestra primera reacción ante esta tan larga ya cadena de denuncias, decir “¡Esto es demasiado! esos curas pedófilos no tienen nada que ver conmigo o con Cristo”, pero ¿Es esa la actitud que NSJC espera de nosotros?

Recuerdo la parábola de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, que no termina con “saca primero la viga que llevas en tu ojo, para castigar a tu hermano por su paja”, sino que dice “y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lc 6:42). O de la  del trigo y la cizaña, que nos prohíbe expulsar de la Iglesia a los pecadores. Es cierto que hay algunos a los que les iría mejor con una piedra de molino atada al cuello y ser arrojados al mar, pero eso no implica que seamos nosotros quienes las andemos repartiendo.

Para los cristianos, no me queda más que repetir lo dicho por los obispos: vergüenza, penitencia y misericordia. Judas era tan apóstol como San Pedro, bautizó, expulsó demonios y tomó la Eucaristía de las manos de NSJC, pero no abandonamos a Cristo por que uno de sus amigos íntimos, cometió el crimen más grave de la historia. Y para los no cristianos, recordar lo que enseñó el Maestro de Occidente: “no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.” (Lc 6:37)

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Categorías:Iglesia
  1. 23/03/11 en 3:05 pm

    Ponderación y no pasión por el dolor y desilusión que hemos recibido es lo que corresponde. No se puede ocultar algo tan horrendo y perverso, pero dejar fuera a un pecador por lo vistoso y malo de sus actos tampoco me parece porque se quedan fuera solitos.

    Como ves, otra vez de acuerdo.

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