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El voto y el mal menor

Nuestra querida Alemamá explica en 3 sencillos puntos cómo debe entenderse el “mal menor” en un adecuado sentido ético. Ella señala

  • Hay que distinguir si es algo que depende de mí o no.
  • Si depende de mí, no puedo hacer el mal. Ningún mal, ni por más pequeño que parezca. No es elegible. Punto.
  • Si no depende de mí y no lo puedo evitar, debo elegir lo que haga menos daño, o sea el mal menor en el verdadero sentido ético.

Y los comentarios naturalmente se desvían al asunto del voto que deben emitir los católicos. Digo naturalmente, porque la gran mayoría de los católicos, al menos de los que se lo toman en serio, es precisamente en asuntos de política que se plantea el problema de apoyar a grupos o personas que distan mucho de lo que sería un ideal.

No es un asunto sencillo, pues hay varios factores a considerar, partiendo desde ya con que la propia Iglesia afirma que, si bien todo poder legítimo proviene de Dios, el poder civil cuenta con cierta autonomía ante las exigencias éticas y religiosas, que en determinadas circunstancias le permitiría optar por un “mal menor”.

Señala Santo Tomás, en la Suma (Parte II-IIae – Cuestión 10 – Artículo 11):

El gobierno humano proviene del divino y debe imitarle. Pues bien, siendo Dios omnipotente y sumamente bueno, permite, sin embargo, que sucedan males en el universo pudiéndolos impedir, no suceda que, suprimiendo esos males, queden impedidos bienes mayores o incluso se sigan peores males. Así, pues, en el gobierno humano, quienes gobiernan toleran también razonablemente algunos males para no impedir otros bienes, o incluso para evitar peores males. Así lo afirma San Agustín en II De Ordine: Quita a las meretrices de entre los humanos y habrás turbado todas las cosas con sensualidades. Por consiguiente, aunque pequen en sus ritos, pueden ser tolerados los infieles, sea por algún bien que puede provenir de ello, sea por evitar algún mal.

Es decir, existe el deber del Estado de promover todo bien moral, a menos que se tolere (y no promueva) el mal, sea por promover un bien superior o evitar un mal mayor. Así, podemos decir que podemos votar por un mal menor, cuando hay una razón lo suficientemente fuerte que lo justifique. Pero la cosa no termina ahí.

Cuando pensamos en participación política, lo primero que se nos viene a la mente es el voto: largas filas de gente esperando su turno para marcar una opción en un papel, y luego esperar a ver qué dijeron los demás.

Sin embargo, cada vez se hace más evidente que esta forma de ejercicio democrático es menos importante: las opciones que se nos presentan vienen predefinidas por un proceso anterior en el que sólo participaron unos pocos, nuestra moderna aristocracia, y son opciones claramente deficientes.

No se trata de que cada candidato sea un santo, pero al menos esperaría que hubiera alguno que manifestara una opinión correcta en cuanto a principios fundamentales:

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos.

Esta Nota Doctrinal de la CDF menciona unos cuantos principios más, pero ya este breve catálogo nos entrega una perspectiva desoladora de las posibilidades del voto, y no nos queda más que elegir el mal menor.

Que tengamos la libertad de votar por un candidato que reniegue de aquellos principios irrenunciables, no implica que debamos votar por uno de ello. Yo mismo en la elección pasada opté por escribir “Viva Cristo Rey” en la papeleta de primera vuelta de la presidencial, porque simplemente ninguno de los candidatos a quien una persona pro-vida pudiera apoyar. En tanto, en la segunda vuelta, tuve que votar por uno, pero en el fondo estaba optando porque no saliera el otro. Esa es nuestra lamentable situación.

Hasta hace unos cuantos años, tal vez la respuesta a esta crítica habría sido “¿No te gustan los candidatos? ¡Preséntate tú mismo!” pero hoy esa no es una opción real: al igual que la antigua aristocracia monárquica, los políticos se han convertido en una casta que elige a sus sucesores entre aquellos que les son leales, sea por vínculos de familia o porque les han jurado obediencia.

En época de elecciones es fácil dejarse llevar por el entusiasmo, y alegrarse si ganan unos o apenarse si son los otros. Está bien, muchas cosas importantes se juegan en cada ciclo electoral, pero no hay que creerse que son las más importantes, y a veces lo mismo dará que gene el Real Madrid o el Barcelona, porque finalmente los políticos escuchan mas a sus coelgas políticos que a los que votaron por ellos. Y si alguno de nosotros termina en una posición importante, no debemos olvidar que la realidad última que está en juego es la salvación de la propia alma, y no la próxima encuesta o elección.

En conclusión, estamos a la defensiva, somos una minoría cuyas opiniones no son tolerables para el poder civil, porque se nos acalla con sólo llamarnos “homofóbicos” o “conservadores”, y no tenemos las herramientas para defenderlas. Somos como los cristianos en tiempo de Nerón, extranjeros en nuestros países, y no será la política la que nos haga retornar a ellos.

Si a los católicos nos invitan (que no siempre lo han hecho ni hay certeza de que lo hagan en lo futuro), participemos, votemos por el mal menor, pero sin poner nuestra fe y esperanza, ni en un candidato, ni en la próxima elección, ni en tal o cual movimiento. Después de todo, los cristianos siempre han sido una minoría y el reino que esperan no es de este mundo.

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Categorías:Política y derecho
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