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Un desastre: Hospital St. Joseph de Phoenix

Algunos días atrás decíamos que esto de tener principios era indispensable para lograr un debate constructivo (y sabe Dios que no abundan de esos en la red), pero que si queríamos llevar esa idea a la vida diaria, los mentados principios no era más que la receta para un desastre.

Déjenme contarles acerca del desastre en que se encuentra el obispo Thomas Olmstead, de la diócesis estadounidense de Phoenix, por mantenerse firme en el mensaje de NSJC de respeto a toda vida, frente a las prácticas del St. Joseph’s Hospital and Medical Center.

El 27 de diciembre de 2009 una mujer de 27 años y madre de dos hijos ingresó al Hospital St. Joseph con hiptertensión pulmonar, condición que, de acuerdo a los médicos del establecimiento, habría provocado la muerte de la madre y su bebé, antes de que pudiera practicarse una cesárea, por lo que se consideró la posibilidad de un aborto.

La situación fue sometida a conocimiento del comité ético del hospital, del cual era miembro la Hermana Margaret McBride, de las Hermanas de la Misericordia, órgano que decidió que el aborto era el procedimiento idóneo para salvar la vida de la madre y autorizó su ejecución, con la opinión favorable de la Hermana McBride.

Esto llegó a conocimiento de la Diócesis de Phoenix, y luego de las consultas con la religiosa, donde ella confirmó que había aprobado el aborto, el Obispo Olmstead le comunicó privadamente que había incurrido en excomunión latae sententiae en los términos del Cánon 1398 del Código de Derecho Canónico.

Esta serie de eventos se hizo público en Mayo del año 2010, atrayendo las críticas públicas hacia el Obispo por su decisión. Paralelamente el obispado inició una conversación con el Hospital para establecer el grado de respaldo que el Hospital St. Joseph prestaba a las directivas éticas y religiosas de la Conferencia Episcopal Estadounidense. Ese intercambio concluyó en noviembre del mismo año, cuando el Obispo emitió lo que en definitiva era un ultimátum, para que el hospital dejara de practicar procedimientos médicos incompatibles con la ética cristiana, o ya no se llamara a sí misma una organización “Católica”.

Finalmente el Hospital rechazó el llamado del Obispo a respetar su identidad y dejó de funcionar como una institución católica, lo que implicó la remoción del Santísimo Sacramento de todas las capillas y tabernáculos del hospital y la prohibición de celebrar misas en el lugar. [más info, en inglés]

A eso le llamo un desastre.

El caso de Claudia Pizarro, es doloroso y lamentable, pero tiene “salida” desde el punto de vista ético. Sin embargo, afirmar un principio implica aceptar que no todas las situaciones que nos presente la vida tendrán una salida que sea aceptable para el sentido común y a la vez para la ética. A veces tendremos que decir que la única respuesta moral es dejar morir a la madre y al niño, y rechazar que yo provoque la muerte de uno de los dos.

Los cristianos sabemos esto, pues somos un pueblo cuya primera generación fue de mártires. Ellos son testigos admirables que siempre deberían estar en nuestro corazón, a los que las autoridades del imperio más poderoso del mundo sólo les pedían cumplir con la formalidad de rendir un culto cívico al emperador, para perdonarles la vida. ¿Quién podría decir que es un pecado hacer un simple gesto exterior, una “mentira blanca”, para salvar la vida? ¿y que un pecado tan excusable como ese no se justificaba para seguir viviendo y predicando el evangelio?

A pesar de eso, muchos de los cristianos del primer siglo no lo hicieron, no negaron a Cristo porque ese es el pecado más grave. No tengo la ilusión de que todos los cristianos en la antigua Roma vivieron según este principio, ni siquiera podría asegurar que fueron la mayoría, pero cualquiera haya sido su número, es indudable que fueron los suficientes para convertir a Babilonia la Grande de la antigüedad en la capital del mundo cristiano, en sólo 300 años.

Más impresionante aún es enterarse que había cristianos en esa época que opinaban que no se debía readmitir a la comunión a los que habían renegado de la fe en medio de la persecusión. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su fundador, admitió que estos cristianos débiles fueran reconciliados con la comunidad, pero sin dejar de afirmar que negar a Cristo era un pecado.

Ese mismo apego a los principios ha llevado al Obispo Olmstead de la diócesis de Phoenix a reiterar que un aborto directamente buscado nunca puede ser una solución éticamente aceptable. Es indudable que esto violenta el “sentido común”, y me imagino que debe ser enorme la presión de considerar un aborto como una salida para salvar a la madre de otros hijos, en un país donde se practica con tanta liberalidad, como los E.U.A.

No es mi intención debatir aquí acerca de la bondad, prudencia o sabiduría de la decisión del Obispo. Lo que pretendo es hacernos concientes de lo terrible que es tener principios. Si alguno de mis lectores no comparte las convicciones pro-vida de la Iglesia Católica, considere, por favor, otros principios que sí tiene.

Por ejemplo, muchos lamentamos la decisión de Harry S. Truman de detonar sendas bombas atómicas sobre las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki. ¿No diremos que es un principio nunca procurar la destrucción de personas inocentes en una guerra? Y sin embargo, debemos ponernos en la posición de tener a nuestra disposición arsenal nuclear, no usarlo y enviar división tras división de jóvenes soldados a morir en una jungla perdida.

O decimos que la prohibición de la tortura es uno de los pocos derechos absolutos que existen, pero igualmente grande será la tentación de usarla para extraer información a un terrorista, que salvara miles de vidas.

¿Cómo podemos vivir así? ¿Cómo podemos tener principios? insisto que sólo se puede por gracia sobrenatural, por fe y esperanza. Los cristianos que murieron en el circo romano por no negar a Cristo no alcanzaron a ver la ciudad convertida a causa de su sangre, los cristianos que lucharon por abolir la esclavitud no sabían cómo competirían sus naciones frente a otras que tenían acceso a mano de obra barata. Pero hoy Roma es la sede de Pedro y Occidente es la cultura que lidera el mundo.

Por eso digo que sin fe no hay principios.

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