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Evolución

La teoría de la evolución, y su “compatibilidad” con el cristianismo siempre parece atraer el interés de los comentaristas. Hasta ahora no había querido de entrar en el debate, en primer lugar, porque no me gusta animar conversaciones que se alejan del tópico en cuestión, y en segundo, porque los comentarios suelen mezclar razonamientos de diversas disciplinas, que cuesta mucho separar.

Pero tal vez sea tiempo de intervenir, así que veamos si podemos ordenar algunas ideas respecto de la teoría de la evolución.

Primero digamos que el tema es relevante, porque la verdad es una y aquello que la revelación afirma nunca podría estar en contradicción con la evidencia empírica, propia del método científico. Los cristianos tenemos esta confianza, que nos permite enfrentar este debate sin temor a que la evidencia pueda “invalidar” la revelación, y sin necesidad de recurrir a teorías como la llamada “de la doble verdad”.

Por otro lado, debemos evitar la tentación de someter la verdad revelada a la ciencia de cada época. El conocimiento científico está sujeto a constante revisión, es mutable; teorías científicas han ido y venido, y lo que hoy se afirma con bata blanca y absoluta certeza, puede ser el hazmerreír o el horror de nuestros nietos, como ha ocurrido con la teoría del éter, la abiogénesis y la antropología racista del S. XIX.

El cristianismo, en cambio, propone verdades que, por ser reveladas, son a la vez inmutables, y cuando explicamos una verdad inmutable usando ciencia moderna pero sujeta a revisión, corremos el riesgo de poner en ridículo a la fe. Por ejemplo, hoy se afirma que las trazas de ADN mitocondrial en todos los seres humanos vivos actualmente se podrían rastrear hasta un solo individuo de sexo femenino que vivió en África hace 200.000 años, pero no debemos identificar a ese sujeto con Eva del relato bíblico, pues no sabemos si realmente lo fue, y si luego se descubre que nunca existió tal mujer, eso puede debilitar la fe de algunos.

Hechas estas advertencias de contexto, intentemos una definición básica del sujeto en estudio: la teoría de la evolución propone que las especies biológicas (entre ellas, el hombre) no han permanecido fijas en su morfología (lo que afrimaba el fijismo), sino que han ido cambiando a lo largo del tiempo, mediante la supervivencia y reproducción de los individuos que cuentan con mutaciones, las que les permiten adaptarse mejor a su ambiente, sobrevivir, y de ese modo transmitir esa mutación a sus descendientes. En su formulación original, estas mutaciones serían graduales, aleatorias y darían lugar a especies nuevas luego de millones de años. Esta teoría, popularizada (pues existen diversas opiniones en cuanto a su origen) por Charles Darwin a fines del S. XIX, ha sido posteriormente apoyada por importantes descubrimientos en la genética (ciencia cuyo padre fue el monje agustino Gregor Mendel) particularmente los referidos a la molécula de ADN.

Así entendida, no parece que haya mucho que criticar desde un punto de vista religioso a la teoría de la evolución. Después de todo, si Dios quiso crear el cuerpo humano mediante el mismo proceso mediante el cual creó a los animales, y que la Biblia dijera que “Dios formó al hombre del polvo de la tierra”, no se puede hablar de una contradicción, a menos que alguien objete el lenguaje poético. A estos últimos les decimos que es más importante para tu salvación saber que Dios te creó a su imagen y semejanza, que cuántos cromosomas hay en cada célula.

Ya lo dijo Chesterton:

Si la evolución simplemente significa que una cosa positiva llamada simio se convirtió muy lentamente en una cosa positiva llamada hombre, esto no tiene nada de extraordinario para el más ortodoxo: pues un Dios personal puede hacer las cosas rápida o lentamente, especialmente si, como el Dios cristiano, se encuentra fuera del tiempo (Ortodoxia, El suicidio del pensamiento).

Sólo si intentamos leer los primeros capítulos del Génesis como una crónica surgen los problemas. Puede que este enfoque haya sido el más popular en siglos anteriores, lo que es perfectamente comprensible, dado el limitado alcance del saber científico, pero está lejos de ser el único. Ya en el S. IV un teólogo tan influyente como San Agustín sostenía que la interpretación alegórica era más plausible, para lo cual bastaba notar que el sol era creado recién en el cuarto día, a pesar de que solamente con el sol pueden existir tardes y mañanas, como lo refiere el Génesis.

Desde luego, los ateos, en su afán de pintar la religión en la luz más desfavorable posible, no ayudan a aclarar el panorama, e insisten en plantear que las únicas opciones en debate son el estricto creacionismo (de la creación en 6 días) y el evolucionismo materialista. Pero esa no es la realidad, pues el cristianismo admite diversas opiniones al respecto, que pueden ir desde los que creen contra toda evidencia científica en un universo con sólo 6.000 años de antigüedad (pues nada hay en una lectura literalista que pueda oponerse a la omnipotencia divina), hasta las teorías evolutivas que sólo admiten la intervención divina en la creación de cada alma humana.

Si bien es cierto que el libro del Génesis se encuentra abierto a interpretación, la teoría de la evolución tampoco es ese bloque sólido de evidencia científica irrefutable que se nos quiere mostrar, para descartar la existencia de Dios. Alguna forma de evolución han sufrido y sufren las especies biológicas, pues el registro fósil es bastante elocuente, pero la evolución está muy lejos de ser “todo lo que hay” y la gran teoría que lo explica todo, como le gustaría concluir al ateísmo materialista.

En nuestra próxima entrada, revisaremos las dudas acerca de la teoría de la evolución.

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Categorías:Escépticos
  1. Padre Fabián
    14/12/10 en 10:31 pm

    Estimado: un dato más.
    Cuando se piensa en la postura del libro del génesis muchas veces solamente solemos leer el primer capítulo y nos olvidamos del segundo. Y este no es un dato menor.
    El primer capitulo (escrito durante el destierro en Babilonia) relata la creación del mundo en seis días a partir de un “cosmos acuatico”.
    En el segundo capítulo (escrito en la época de Salomón, por lo tanto más antiguo que el primero) la manera de expresar la creación es distinta: parte del desierto, donde se planta un oasis, se crea el hombre, luego los animales y, por último la mujer.
    Ambos relatos coinciden en el “que” de la creación: hecha totalmente por Dios; buena; el ser humano por encima del resto (imagen y semejanza, espíritu viviente) y de identica dignidad los dos “generos” (varón y mujer).
    En el “como” de la creación… la explicación es totalmente distinta y tiene que ver con la cultura y el genio del redactor.
    Creo que esto es un aporte para ayudarnos a comprender un poco más desde la Biblia lo que tan bien planteas en este pos y en el que le sigue.

    • 18/12/10 en 11:19 am

      Muchas gracias, padre. El Génesis es un libro tan lleno de contenidos y lecciones válidas para todas las épocas, que da pena verlo manoseado en debates de tan poca altura como el de los creacionistas vs. evolucionistas.

  2. Cristian Rodriguez
    9/01/11 en 8:29 pm

    “Si bien es cierto que el libro del Génesis se encuentra abierto a interpretación”

    Entonces tu dios es incompentente, no supo en su libro revelar la realidad de una forma clara y precisa por ende tiene que ser interpretado..

    ” la teoría de la evolución tampoco es ese bloque sólido de evidencia científica irrefutable”

    LA evolucion es un hecho irrefutable, no existe evidencia en contra.

    • 9/01/11 en 10:08 pm

      “LA evolucion es un hecho irrefutable, no existe evidencia en contra.”

      ¿No que en ciencia no había hechos irrefutables? ¿que todo estaba abierto a cuestionamiento?

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