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Libertad de expresión

Según la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, Libertad de Expresión es el derecho a emitir cualquier opinión, sin ser persegido y sancionado por ello, por cualquier medio.

Pero, a juzgar por las reacciones de los periodistas y columnistas, parece que esta libertad ha llegado a ser un ideal absoluto, que comprende la facultad de decir cualquier cosa, verdad o mentira, sin atender a las consecuencias o los efectos, y de cualquier forma, quemando banderas o libros, rayando iglesias o casa, u ofendiendo a mayorías o minorías, todo vale. ¿Hasta la blasfemia? ¡pero claro! Es un derecho humano ofender a los dioses de otros, faltaba más.

Desde luego, para esta doctrina de la libertad, no hay mayor crimen contra el individuo y la sociedad que la censura, que es el equivalente a encerrar las ideas en la cárcel del silencio y la opresión, y aurora de la peor de las tiranías.

Todo esto es lo que parecen tener en mente los periodistas y columnistas que han atacado al Consejo Nacional de Televisión (CNTV), luego que este organismo osara sugerir que no eran una estupenda maravilla las parodias a NSJC que emitió el programa humorístico El Club de la Comedia.

Pero ¿es esto verdad? ¿se puede expresar lo que sea, de cualquier modo, incluso afectando o poniendo en peligro a otros, sin que nunca se pueda censurar?

La respuesta es un evidente “no”, pues un mero análisis superficial permite imaginar situaciones donde el abuso de la libertad de expresión debe ser reprimido, y censuradas determinadas expresiones. Pensemos en el clásico ejemplo del sujeto que grita “¡Fuego!” en un teatro abarrotado de gente, provocando la muerte de varias personas, a causa de los intentos de la multitud por evitar el falso incendio.

Tampoco es aceptable, bajo pretexto de ejercer la libertad de expresión, violentar a otros, como sería el caso de quien con amenazas obliga a los empleados de una emisora de TV a poner el contenido de su elección. Finalmente, ni siquiera se puede vulnerar la propiedad ajena para expresarse, y es por eso que quien hace rayados con spray en los muros de una casa sin autorización del propietario, no puede alegar que quien los borra y exige que se le multe, vulnera su libertad de expresión.

Recordemos, a modo de corolario, que en algunas naciones europeas (muy civilizadas y progresistas ellas) se encuentra prohibida la expresión de ciertas ideas concretas, como el nazismo, y algunas doctrinas cristianas, como que las conductas homosexuales son pecado.

Entonces, parece que la famosa libertad de expresión está bien lejos de ser algo absoluto, garantía de todos los derechos y piedra angular de la democracia, que parece a veces, pues el mero peligro a la vida, la seguridad de las personas e incluso la propiedad son motivos suficientes para censurar.

Es cierto que la libertad de expresión es una libertad política importante, y parte del legítimo ejercicio del gobierno de la comunidad, y como tal, es una libertad que emana de la naturaleza humana, específicamente del derecho que cada uno tiene a participar en ese proceso; pero a la vez, no se le puede asignar a priori una fuerza tal que haga ceder a cualquier otro derecho.

Los cristianos tenemos que tener muy claras estas categorías, porque cada vez con más frecuencia somos censurados, explícita o tácitamente, en la expresión pública del evangelio de NSJC (y desde ese punto de vista tenemos el derecho de rechazar la censura), pero a la vez también debemos decir que hay ciertas formas de expresión y conductas que es legítimo censurar, como la blasfemia que aparece en un programa de TV, o la pornografía.

Los liberales responden apelando al miedo: “Es que si censuras las ofensa a una religión, entonces otro puede decir que cualquier cosa ofende a su religión, y se acabaría censurando todo”. [Insertar aquí alguna referencia al nazismo, y el poemita de Bertold Brecht, que no es suyo, sino del pastor luterano Martin Niemöller]

Este temor surge de creer que los derechos y libertades fundamentales son ideales etéreos e inmutables, que existen por sí solos en un universo platónico, y que incluso la menor infracción a ellos es una falta inaceptable. A su vez, esto ocurre cuando concientemente se decidido desechar el concepto de naturaleza humana, porque suena demasiado religioso; pero, como decía Chesterton, cuando te libras de las grandes reglas, no te quedas con la libertad, sino con las pequeñas reglas, y eso es lo que tenemos ahora.

No debemos temer que la sanción a un canal de TV por ofender a los cristianos, nos lleve al terminar con los programas de humor (si algo, ha servido como publicidad al espacio), ni que las restricciones a la distribución de “manga” pedófilo acarree el colapso del sistema político, pero al mismo tiempo debemos denunciar que la censura a quien predica que las conductas homosexuales son pecado, implica una vulneración a su libertad individual y un abuso por parte del Estado.

La diferencia, es que tengo la libertad de propagar una idea religiosa, política o moral (que no sea peligrosa para otro), pero no la de hacerlo por cualquier medio. Por eso la pornografía no debería estar amparada por la libertad de expresión, al no avanzar ninguna idea religiosa, política o moral.

Por ejemplo, se puede proponer la idea de que Abraham Lincoln estaba equivocado en su ideario de libertad a los esclavos, es su derecho hacerlo, pero para eso no se necesita vestir a un actor con la indumentaria característica y mostrarlo golpeando a otro actor, de raza negra.

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Categorías:Política y derecho
  1. 9/11/10 en 3:57 pm

    Tu ejemplo del hombre que grita fuego – que esconde la idea de que el “derecho de libre expresión de una persona” debe limitarse en nombre del “interés público”- es errado.

    Tenemos dos opciones: Si el tipo que grita falsamente “fuego” en un teatro lleno, es el dueño del teatro (o el agente del dueño), o si es un espectador.

    Si es el dueño, entonces ha cometido un fraude con sus clientes, pues ha tomado el dinero a cambio de proyectar una película u obra de teatro, y ahora, en su lugar, interrumpe el show gritando falsamente “fuego”, y obstaculiza la representación. Ha dejado de cumplir entonces su obligación contractual, y por eso ha robado la propiedad —el dinero— de sus clientes y ha violado los derechos de propiedad de éstos.

    Si es un cliente, un espectador, viola el derecho de propiedad del dueño tanto como el de los otros asistentes de su pago en el espectáculo, pues se ha ganado acceso a la propiedad en ciertos términos, incluida la obligación de no violar la propiedad del dueño, o de no interrumpir el espectáculo que el dueño está mostrando.

    Cualquiera sea el caso el tipo que maliciosamente gritó “fuego” en un teatro lleno es en verdad un criminal, porque ha violado los derechos de propiedad de otra persona. Esto no implica que su “derecho de libre expresión” deba ser pragmáticamente restringido en beneficio del “bien común”.

    Por qué digo esto, porque en el caso del Club de la Comedia, el canal es una propiedad privada, donde el dueño paga una concesión para transmitir y les paga a los actores para hacer un programa, que financian con publicidad.

    ¿Violaron algún derecho de propiedad con las parodias? No. ¿Se puso en peligro a otros? No. ¿S obligó a algún empleado? No.

    La censura es ilegítimo en todo sentido.

    ¿Si la parodia se hubiera hecho en un teatro? ¿Habrías pedido que saquen la obra de cartelera? ¿Por qué?

    El derecho humano a la libre expresión es simplemente un derecho de propiedad. Si arriendo un salón de reunión a los dueños, o tengo uno propio puedo decir lo que quiera en éste; puedo comprar materiales y luego imprimir panfletos o libros y venderlos a aquellos que deseen comprar, lo mismo con cualquier otro soporte.

    Lo que hizo el CNTV fue una invasión de propiedad privada.

    • 10/11/10 en 11:54 am

      Es ingenioso tu intento de reconducir mi ejemplo a un conflicto patrimonial, pero finalmente no tiene fundamento.

      La gente puede haber entrado gratuitamente en el teatro, tal vez para discutir un asunto de interés comunal, y no presentarse ningún espectáculo que sea interrumpido por la alarma. El alarmista puede ser un espectador, o alguien que entró sin pagar, puede ser el propio dueño, y las consecuencias de gritar “Fuego” no tienen ninguna relación con un contrato que puede mantener o no con las personas que actualmente ocupan el lugar.

      En cuanto al Club de la Comedia, el canal es privado pero recibe una concesión del Estado, y por lo mismo ha aceptado someterse a un órgano público de regulación, el CNTV.

      Lo más gracioso, es que nadie los censuró, y por la reacción parece que así hubiera sido. Ellos emitieron sin censura previa, y lo que hizo el CNTV fue pedirles que justificaran la emisión de esos contenidos, para ver si cabía alguna responsabilidad.

      No habría pedido que se retirara una obra de teatro, porque cada medio tiene sus propias exigencias. En el caso de la TV deben ser más altas, porque llega a muchas más personas.

  2. 9/11/10 en 6:55 pm

    Básicamente lo que dices es que las atacar las ideas de las personas es atacarlas a ellas, y en eso te equivocas. Por mucho que se haga escarnio de Mahoma, eso no da derecho a los musulmanes de quejarse y pedir que los demás dejen de hacerlo. Para los otros, las ideas de otros son solo eso: Ideas. Y nada hay que pueda probar que el ofender una idea tenga relación con la ofensa a la persona. No es un argumento ad hominem, sino que quien se ofende está confundiéndose con su idea, lo que no es problema de nadie. Las personas deben dejar de identificarse con sus ideas, pues los humanos somos más que eso. No nos definimos solo por las ideas que tenemos, eso es parte de nuestro acervo, pero no nos identifica inexorablemente.

    Debe haber libertad de expresión, y mientras no se pruebe que las ideas merecen un respeto especial (¿con base en qué: en su divinidad -que debe probarse-, en su utilidad, en su conveniencia?), por mas que ofendan, se está en todo el derecho de criticarlas.

    Te pongo un ejemplo que tal vez te parezca bien, o tal vez no. Dime qué piensas:

    http://razonatea.blogspot.com/2010/11/condenado-por-llamar-estafadores-los.html

    Saludos

    • 10/11/10 en 12:03 pm

      Hola, bienvenido a mi rincón de la red.

      Si tú me dices “eres un estafador” ¿me ofendes a mí? ¿o a la idea que yo tengo de mí como una persona honorable? desde luego a lo segundo, porque si efectivamente te hubiera estafado, y hay sentencia judicial en ese sentido, nadie te condenaría por decir esa verdad, y en cambio sí se te puede condenar por ofender mi honor.

      Luego, las ideas que tienen las personas, sea sobre sí mismas o sobre otros aspectos de la vida, pueden ser ofendidas, y esa ofensa, reprimida.

      Estoy de acuerdo con que la libertad de expresión (salvo casos excepcionales, como la difusión del nazismo en Alemania, que está prohibido) abarca la posibilidad de expresar todas las ideas. No ocurre lo mismo con la forma de expresión, que puede ser más o menos adecuada. Por ejemplo, yo puedo apoyar al candidato A, y publicar en este blog al respecto, pero mi libertad para expresar mi apoyo no me autoriza a pintar los muros de mi ciudad con su nombre.

  3. 10/11/10 en 12:38 pm

    Pato, evades el punto central: que el tipo que maliciosamente grita “fuego” en un teatro no implica que su “derecho de libre expresión” deba ser pragmáticamente restringido en beneficio del “bien común” como tú planteas.

    Da lo mismo si pagaron la entrada o no. Alguien paga la luz, el agua y las contribuciones. Nada es gratis.

    Tu argumento del grita fuego para justificar la censura previa en pro del bien común, no tiene sustento.

    • 11/11/10 en 9:05 am

      Pero entonces ¿tienes la libertad de gritar “Fuego” en un teatro lleno de gente?

      PD: dejé un comentario en la entrada de tu blog acerca de la legalización de las drogas, pero no aparece ¿Se habrá capturado por algún filtro de spam?

  4. 11/11/10 en 12:56 pm

    Si te fijas, no se trata de la libertad de gritar o no x palabra. Sino de no atentar contra la propiedad de otro en un contexto dado.

    Podría gritar Bomba, serpiente, león, atentado, fantasma, dios, etc. ¿Prohibimos decir esas y otras palabras más? ¿De qué depende eso? ¿De su connotación? ¿Del público receptor?

    Con respecto a tu comentario, no sé cómo funciona eso ¿Sabes cómo rescatarlo o cómo liberarlo?

    • 11/11/10 en 1:12 pm

      ¿A qué propiedad te refieres? A menos que la seguridad sea alguna forma de propiedad, porque el alarmista atenta contra la seguridad.

      Para el caso del teatro, lo que debemos prohibir son las expresiones que pongan a otros en peligro.

      Mmmm, no sabría como hacerlo. A ver si me animo a escribirlo nuevamente.

  5. 11/11/10 en 3:27 pm

    Pero eso de la seguridad es muy ambiguo ¿Bajo qué criterio determinas que el alarmista atenta contra la seguridad de otros? ¿No es alarmista alguien que habla del castigo de dios o el juicio final en la calle? ¿Qué esperamos para prohibirles predicar?

    Si tu gritas fuego en tu casa…por ejemplo. ¿Te deberían sancionar por asustar a tu familia?

    “Prohibir expresiones que pongan en peligro a otros en un teatro”…¿Y dónde paras? ¿Bajo que criterio se determina cuáles expresiones y cuáles no ponen en riesgo a los demás?

    • 13/11/10 en 9:42 am

      La seguridad es importante, tanto que el hecho de no tener un concepto único no implica que debas paralizarte por ello y no hacer nada por protegerla.

      Un caso análogo sería el de la protección a la vida: la ciencia no tiene un concepto comlpeto de “vida” pero no por ello dejamos de castigar a los homicidas.

      Para determinar qué expresiones ponen en riesgo a los demás se establece el sistema judicial, donde el juez debe seguir una serie de procedimientos y justificar su decisión, y su decisión es revisada por otros jueces.

      Todos estos son mecanismos para evitar una decisión injusta, y a pesar de eso el sistema judicial de todas formas se equivoca a veces, pero la posibilidad de que se pueda condenar a un inocente no puede llevarnos a paralizarnos y no condenar a los culpables.

  6. 16/11/10 en 4:18 pm

    Pato, el caso análogo no se condice, porque el homicida efectivamente mató a alguien.

    Distinto es pretender prohibir expresiones que ponen en riesgo a otros. No existe el derecho a defenderse de TEMORES remotos.

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