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Carta a mi hermano

Este año cumplo 10 de casado, y al mismo tiempo tú estás entrando en la etapa en que te corresponderá elegir a una mujer para formar familia, así que quiero contarte algunas cosas que he aprendido en este tiempo de matrimonio.

Lo más importante que quería decirte es algo que, quiza ya sabes pero nadie me dijo a mí, y es esto: los hombres somos naturalmente protectores. Así como las mujeres confían en que tarde o temprano serán madres, los jóvenes varones deberían saber con la misma certeza que su labor fundamental en la vida no es ganar dinero, ni ser poderosos políticos, o famosos deportistas (ni siquiera importa tanto si uno es inteligentes o no), sino proteger a otros. Claro, para las mujeres es más fácil, porque aún antes de experimentar los cambios biológicos asociados a la maternidad, ellas juegan con muñecas, les gusta tener mascotas y cualquier cosa que puedan cuidar y hacer crecer. En cambio, para los hombres no es tan clara esa inclinación natural, y por eso hay tanto muchacho desorientado, que no sabe lo que se espera de él. A los hombres nos gustan los deportes, pero no todos podremos ser deportistas profesionales; nos gustan las competencias, pero sólo uno puede ser el mejor en cada categoría; y nos gusta ser parte de un grupo fuerte y autosuficiente. Darse cuenta que todos los hombres disfrutamos de estas cosas, sin entender por qué produce frustración (lo digo por experiencia propia), y esa condición mantenida durante mucho tiempo puede provocar mucho sufrimiento a uno mismo y a los demás.

Lo que he aprendido es que a los hombres nos gustan estas cosas, porque necesitamos saber cuál es nuestra capacidad real en un momento determinado, por eso competimos, queremos saber cómo funcionan las cosas, qué tan rápido podemos correr, y con quién podemos contar: para proteger mejor en todo momento a quienes están a nuestro cuidado. Cuando una madre amamanta a su hijo, esas son las dos criaturas más vulnerables que existen, y si tú estás a su lado (sea física o emocionalmente), protegiéndolas, entonces tendrás la tranquilidad de saber que nadie te necesta más que ellas y que en esa labor eres único e irremplazable. Ten en cuenta esto cuando elijas a la mujer con la que te casarás, porque más allá de las promesas y obligaciones ya conocidas, estarás asumiendo el compromiso tácito pero esencial de protegerla a ella y a sus hijos con la totalidad de tus capacidades.

Déjame contarte de las mujeres: una mujer promedio no sólo es más linda, además es más perspicaz, más sutil y más aguda que un hombre. Esa es la regla general, pero como te conozco y sé que eres inteligente y cariñoso, no me cabe duda que la mujer a la que elijas servir y acepte tus votos será una persona realmente extraordinaria. Por lo mismo no cometas nunca el error de pensar que eres superior a ella en ningún sentido, salvo por la fuerza física, porque el único que terminará disculpándose eres tú. Si quieres ser un hombre orgulloso, trátala siempre como a una reina, incluso si tienes que decirle en qué se equivocó. Y si no lo hiciste, si no la trataste como ella se merecía, más vale comerse el orgullo y pedir perdón lo más pronto posible, créeme.

Tal vez habrás notado que no mencioné que las mujeres sean más inteligentes que los hombres, y la explicación es simple: existen test de inteligencia, así que si quieres saber cuál es más inteligente, lo único que tienen que hacer es uno de esos. Más importante aún ¡eso no tiene la más mínima importancia práctica! el resultado será siempre el mismo.

Decía que los hombres son los protectores de la familia, pero esto lleva también implícita la tarea de ser su líder. Suena bien eso del liderazgo ¿no? Pero no te engañes, piensa que si ser líder fuera algo bueno en sí, o al menos agradable, no habría políticos corruptos; los políticos se corrompen porque sienten que deben compensarse de todas las molestias que les provoca su función como líderes de la comunidad. Ser líder significa que, si estás en casa un sábado en la tarde y alguien toca la puerta, tú debes levantarte y abrir; si hay un gásfiter o un electricista trabajando en tu casa, tú tienes que hablar con él y decirle que, en caso que ocurra cualquier cosa fuera de lo normal, tú irás hasta su casa y harás todo lo necesario para solucionar el problema en tus términos; si alguien les pregunta cualquier cosa como familia, tú debes ser el primero en responder ¡y decir algo coherente!

Ya que estamos en esto del liderazgo, te contaré cómo se toman las decisiones en una familia. Es un proceso bastante claro, en realidad: primero determinas cuál es el problema, luego reúnes toda la información necesaria para llegar a una decisión, después reduces al mínimo el número de posibles soluciones y finalmente optas por una de ellas; esa es la decisión que tú has adoptado. Pero ahora estás casado, así que no vas a ejecutar esa decisión todavía, lo que haces a continuación es que le llevas el problema y tu solución a tu mujer, y le consultas qué opina. Lo que ella diga, lo haces. Punto.

Esto funciona así, porque los hombres, a cambio de toda nuestra falta de sutileza y tino, tenemos un mejor capacidad analítica, es decir, la facultad de reducir un problema a sus elementos esenciales y optar entre varias soluciones posibles. A las mujeres, en cambio, no les gusta tomar decisiones definitivas, lo que ellas disfrutan es “vitrinear”, reunir información pero sin amarrarse necesariamente una opción, tomar lo mejor, un poco de todos lados, sin comprometerse con una sola opción (algunos dicen que esta diferencia se explica por la evolución, donde el hombre debía perseguir por días a su presa, concentrado nada más que en cazarla, mientras que la mujer recolectaba los frutos, yendo de planta en planta, eligiendo sólo lo mejor); y hasta cuando se aburren de revisar sus posibilidades y deciden comprar un par de zapatos, son perfectamente capaces de llegar a la casa, darse cuenta que realmente no les gustan, guardarlos y no usarlos jamás. Ante esto, tú función como complemento de tu pareja es clara: reducir al mínimo el espectro de soluciones posibles, y dejarle a ella la libertad de tomar una decisión. Incluso si tu mujer acepta la decisión que tú has tomado, normalmente será ella que determine qué significa en concreto. Por ejemplo, tú puedes decidir que vuestros hijos serán católicos, y tu mujer apoyarte en eso, pero ella, a través de sus actitudes del día a día, fijará qué significa “ser católico” para tus hijos. Por eso, cuando mires a tu novia, deja de fijarte un segundo en sus ojos y su sonrisa, y observa cómo adopta sus decisiones.

Desde luego, si algo sale mal en el proceso de tomar decisiones en familia, tú serás el responsable; esto no es una mera concesión “de caballero” hacia tu mujer, es la inevitable verdad. Si las opciones que le propusiste no eran las mejores, o ella no tuvo la tranquilidad psicológica para ejercer sus capacidades, es tu culpa, porque el compromiso de protección que adquieras también te hará responsable del bienestar emocional y mental, de ella y sus hijos. Por eso, si alguna vez le preguntas “¿Qué te pasa?” y ella te responde “nada”, aún contra toda nuestra naturaleza, insiste, porque, si ya te diste cuenta de que había un cambio, lo más probable es que sí le pase algo.

Ya que estamos en esto de la tranquilidad emocional, déjame contarte acerca del amor. Cuando uno está de novios parece que no hubiera otras mujeres en el mundo, pero eso no dura para siempre. Son muchos los motivos, desde la naturaleza individual y personalidad de cada uno, hasta el simple efecto de la edad, pero ese es el hecho concreto. Esto no es falta de romanticismo, es la madurez del amor, y es bueno y maravilloso que así sea porque permite que el amor mejore y se refine, yendo más allá de la simple atracción entre dos, del “me siento bien cuando estoy contigo”, hasta inflitrar todos los aspectos de tu vida, y darte cuenta que, incluso cuando no te sientas bien, es tu deber estar ahí.

Por eso, piensa que la mujer que ahora ves no es la misma que amarás toda tu vida, ella cambiará, en algunas cosas para bien, y en otras para mal, y por eso el compromiso que adquieras al casarte con ella no puede depender ni siquiera de quien ella es ahora. Si tu intención es jurar estar juntos hasta que la muerte los separe, ese compromiso debe fundarse en razones mejores y más grandes que la simple persona que hoy tienes ante ti. Y si ya hiciste esa promesa, con pleno conocimiento y capacidad, la cumplirás, porque tu felicidad va en ello, porque, a pesar de que a veces el matrimonio parezca una habitación cerrada, y que allá afuera todo es mejor, lo cierto es que si no cumples tu promesa terminarás igualmente casado e infeliz. Esto es así, porque si hay una relación significativa anterior en tu vida, necesariamente existirán años y temas sobre los cuales tú y tu actual pareja tenderán un manto de incómodo y tácito silencio, y, aunque nadie lo quiera, siempre exisitirá la inseguridad de la comparación.

Mientras estés casado habrá otras mujeres que te parecerán atractivas, porque los sistemas biológicos que hicieron que te fijaras en tu mujer no son anulados por el matrimonio, siguen ahí, funcionando. Además habrá algunas de ellas que también se sentirán atraídas hacia ti, porque, sobre todo hoy en día, cuando los varones sólo quieren seguir siendo niños, un hombre adulto es poco común y especialmente atractivo. Si te encuentras en ese caso, tú deber es mantenerte alejado de esas personas. A tus amigas que no te son atractivas diles lo bien que se ven o como les luce el peinado, habrás ganado aprobación femenina, que es tan agradable para el ego, sin comprometer tu compromiso con tu mujer; con la mujer que te atrae, evita cualquier instancia de intimidad, cualquier ocasión de compartir algo de lo que otro no se entere. Si, por ejemplo, tienes que trabajar con ella y mandarle un correo, envíalo con copia al resto del equipo; si tienen una reunión, haz que participen otros; en general piensa cómo te comportarías si fueran si, además de ustedes dos, estuviera tu mujer acompañándoles. Siempre debes pensar en el honor que le debes a ella, incluso si no existe forma de que se entere. Pregúntate “si ella estuviera aquí, ¿se sentiría incómoda por cómo trato a esta persona?”. Ese es tu parámetro, no si se enojaría, o se pondría triste, porque tú nunca debes ser causa de dolor para ella, la mera incomodidad que sentiría tu mujer de saber que has mirado o prestado atención especial a otra, debe ser suficiente razón para disuadirte de hacerlo. Nuevamente, así no existirá ningún aspecto de tu vida sobre el cual no puedas conversar con tu mujer, porque la forma más fácil de caer en la infidelidad es establecer esta doble personalidad de decir “este soy yo en la casa, y este soy yo en el trabajo”. Siempre sé veraz, siempre sé el mismo.

Desde luego, mantener un trato adecuado hacia una mujer que nos resulta atractiva sólo es posible gracias a una voluntad ejercida día a día, y no se adquiere por el sólo hecho de casarse, así que no estaría demás que empezaras a practicar ahora, como un entrenamiento, tratando a todas las mujeres con respeto y cariño, como si ya fueran madres. Esto es importante porque cada día es más común que las muchachas se vean a sí mismas no como madres, sino como un premio que se entrega al ganador, y compiten unas con otras para ver quien es la más atractiva. Esto es terrible, porque a medidad que pasa el tiempo, ven que ya no pueden competir con las más jóvenes y se vuelven inseguras y cínicas. A través de tu trato, tus amigas deben entender que en ellas hay un misterio más grande que la atención que ejercen sobre nosotros, y que proviene de la inexplicable capacidad de transmitir la vida, no sólo en un sentido biológico, sino especialmente en un sentido espiritual.

Otra forma terrible de sufrimiento es la violencia dentro de la familia. Durante la guerra de trincheras había soldados que no soportaban la presión y el esfuerzo de vivir durante meses metido en un agujero humedo, se volvían locos, y comenzaban a disparar contra sus camaradas; en tal caso, sus propios compañeros debían dar veloz muerte a ese sujeto, para que no causara más daño, porque su locura lo había convertido en una amenaza precisamente para sus camaradas. Si tú te enteras de algún hombre que, al modo de este soldado, se ha vuelto una amenaza para su mujer y sus hijos, no debes ser cómplice de esa situación, lo mismo valdría que encerraras a un loco junto a un niño. Tu deber en ese caso es asumir la protección de esas personas, y detener al insano. Si él estuviera cuerdo te lo agradecería. Por otro lado, si alguna vez tú te conviertes en causa de sufrimiento para tu familia, debes retirarte antes que ella te lo pida, como un paria, hasta que tu mujer te pida volver.

¿Te digo cuál es la peor parte? Que si es ella la que no cumple con sus promesas, tu deber es exactamente el mismo: retirarte antes que se entere que sabes de su infidelidad, y esperar que te pida volver. En un caso así, aunque tu orgullo esté herido, nada se gana con enfrentarla o tratarla mal, es más el daño que se causaría a sus hijos, al saber que las fuerzas que debían asegurar su tranquilidad se han vuelto contra su madre, y casi sin importar lo que ella haya hecho, sus hijos estarán de su lado, y esperarán de ti que hagas lo que se necesite para que sus padres se vuelvan a reunir.

Para terminar, ten en cuenta que, a cambio de todos los sacrificios que hace una madre, ella obtiene el amor incondicional y protección de sus hijos. A cambio de hacer todo lo que te digo, tú obtendrás la convicción de saber qué debes hacer y, más importante aún, saber por qué lo haces. Y eso es mucho.

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Categorías:Matrimonio
  1. 23/01/10 en 1:29 am

    Preciosa carta Patoace.

    Gracias por compartirla.

    • 23/01/10 en 10:38 am

      Muchas gracias, Fabiola, me alegro que, a pesar de estar dirigida a un varón, te haya gustado. Le he hecho algunos, cambios menores, para aclarar algunas ideas.

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