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De votos, matrimonio y decadencia

En el debate acerca del voto obligatorio o voluntario, me parece distinguir un fenómeno muy interesante, que se relaciona con los temas de este blog, cual es la confrontación entre el paradigma de los derechos y el de las responsabilidades (o democrático y republicano).

El primero de ellos pone el énfasis en los derechos y libertades del individuo, destacando que el voto es antes que nada un derecho y el voluntarismo de decidir si se vota o no, en algunos casos apelando a que la negativa a votar es una forma válida de participación política. El segundo enfoque, en cambio, sostiene que la relación entre individuo y comunidad da lugar no sólo a derechos sino también a obligaciones, y en consecuencia, para quien participa de los beneficios de vivir en sociedad, surgen ciertas obligaciones correlativas, que dan cuenta de su responsabilidad ante los ciudadanos.

En términos de este debate, esto se traduce en que el paradigma de los derechos propone el voto libre y voluntario, y el paradigma republicano insta por el voto obligatorio.

Ahora bien, si aplicáramos los principios democráticos de gobierno de la mayoría, no me cabe que el voto voluntario ganaría sin contrapeso. Basta pensar que pasaría si se somete a votación el pagar impuestos: “¿Debe Ud. pagar impuestos?” a no dudarlo, la opción “Sí” obtendría un apoyo ínfimo (probablemente de aquellos sectores más concientes); lo mismo ocurriría si se pregunta “¿Debe Ud. estar obligado a votar?” Todo esto nos lleva a pensar que existen ciertos deberes indispensables para mantener en funcionamiento nuestra comunidad política, la simple democracia no entrega los mecanismos para asegurar su propia supervivencia.

Tampoco parece que sea coincidencia que la idea del voto voluntario haya tomado fuerza recién ahora, a 30 años después del plebiscito. En efecto, han pasado una o una y media generaciones desde el fin de la dictadura, que comprendes a millones de persona que han asumido que el participar en elecciones y elegir a políticos es parte del paisaje, datos incuestionables, parte del ambiente normal en el que viven ellos y sus conocidos. Para ellos, establecer el voto como una obligación parece tan absurdo como pagar impuestos por tomar el sol en verano.

Pero la realidad es otra: la democracia  no es el régimen “por defecto” en las comunidades humanas, por el contrario, es producto de una larga historia, de cruentas luchas en su conquista y largos debates en su mantención. Sobre todo, la democracia es el resultado de una gran cantidad de personas imbuidas en una cultura altamente avanzada, que arriba a convicciones comunes.

Las democracias en América Latina son débiles porque sólo recientemente las élites han asumido los principios culturales que se requieren para implementarla, y el pueblo es completamente ajeno a ellos. Los E.U.A., en cambio fueron fundados por filósofos que estaban convencidos de los ideales democráticos, y su pueblo, a lo largo de cientos de años los ha ido asumiendo paulatinamente, a veces con fuego y dolor. Se podría replicar que ellos tienen un sistema de voto voluntario, pero han implementado otras formas de participación mucho más exigente, y que asumen sin problemas, como es el deber de ejercer como jurados.

Decía que este asunto se relaciona con otros de los temas de este blog, y si bien he escrito acerca de política y derecho antes, más bien quisiera vincularlo con el tema del matrimonio y el debate generado a propósito de la reciente ley de divorcio vincular.

En aquel debate los campos eran prácticamente los mismos: los que pedían “Que la gente haga lo que quiera” y los que ponían el énfasis en las responsabilidades del matrimonio y sus efectos en la sociedad. ¿El diagnóstico? el mismo: el matrimonio es un derecho, sólo es asunto mío con quien me caso y si quiero me divorcio. Incluso las líneas de apoyo político eran las mismas que ahora respecto al voto voluntario: la extrema izquierda jugada a favor del paradigma de los derechos, y ambas alianzas políticas divididas entre progresistas y conservadores. El resultado en ese caso fue la aprobación del divorcio, lo que reafirma mi opinión de que en definitiva el voto volutnario será ley.

También es posible establecer un paralelo entre las causas. Ahí donde el voto se ve como algo dado y normal, también nos hemos acostumbrado a ver al modelo occidental de matrimonio (monogámico, voluntario) como algo normal (incluso hay quien vea al matrimonio como convencional y pusilánime ¡cuando es todo lo contrario!), ignorando que es producto de un complejo y prolongado desarrollo cultural, cuya principal influencia es el cristianismo.

El fenómeno que hoy observamos en occidente ha ocurrido antes: los historiadores imperiales romanos hacían añoranza de los ideales republicanos y el espíritu de la antigua legión, conformada sólo por ciudadanos, mientras observaban que los recursos del imperio se agotaban en permanentes deleites de la nobleza y los caprichos del emperador de turno, y la legión era servida casi exclusivamente por bárbaros. Así el imperio languideció por cientos de años, mientras se corrompía por dentro, hasta que finalmente los godos conquistaron Roma.

Incluso podríamos establecer un ciclo natural: cuanto más poderosa una cultura, de más riqueza gozan sus ciudadanos, más apego sienten a los placeres y menos dispuestos están a asumir obligaciones. Cuando una cultura deja de cumplir las funciones que elevan el espíritu humano por sobre la barbarie, simplemente deja de ser una civilización para volver a la barbarie de donde algún día se levantó. Nota: es por esto que el concepto de progreso y su hija bastarda, la ideología llamada progresismo, no son más que cantos de sirena.

Es interesante observar este fenómeno en occidente: la cultura occidental se levantó de la barbarie de la baja edad media, inspirada por el espíritu cristiano, fuermente imbuido del celo evangelizador y el deber, así impulsó la civilización, la técnica y las artes hasta niveles nunca antes vistos, al tiempo que las riquezas materiales se multiplicaban. Ahora, los occidentales estamos demasiado apegados a nuestros automóviles, televisores e internet, no queremos que las obligaciones nos separen de ellos.

Si el Imperio Romano, el más poderoso que ha conocido la historia, tuvo una decadencia que tomó 3 ó 4 siglos en hacerse evidente y el Imperio Egipcio languideció por miles de años hasta que fue conquistado primero por Alejandro Magno y luego por Roma, la duda que me asalta es cuánto durará la decadencia de Occidente, que ha llegado a niveles de civilización nunca antes soñados por el hombre. ¿Habrá otra civilización cuyos ejércitos crucen triunfantes el Arco de París? ¿Se lanzarán los reinos unos contra otros, agotándose hasta que los sobrevivientes vuelvan a la barbarie? ¿se harán cada vez más poderosos los Estados, al punto de extender indefinidamente sus gobiernos?

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Categorías:Matrimonio
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