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La piedra filosofal y el mercado

La piedra filosofal es una sustancia legendaria que permitiría a quien diera con la fórmula adecuada, convertir en oro los metales vulgares, de acuerdo con los principios de la alquimia.

La economía tiene muchos postulados que resultan contrarios a la intuición. Por ejemplo, los alquimistas que buscaban encontrar la fórmula de la piedra filosofal, perseguían en definitiva aumentar la cantidad de oro disponible y así terminar con la pobreza: si todos tenemos más oro, todos viviremos como los ricos ¿cierto?

“Falso” nos dice la economía, si la cantidad de bienes en una comunidad se mantiene igual y aumenta el dinero circulante (en este caso el oro filosofal) el resultado no es un incremento en la riqueza de las personas, sino un aumento o inflación de los precios, por acción de la leyes de oferta y demanda con las cuales se rige el mercado.

Otros han recurrido a la imagen de la piedra filosofal, no ya como sustancia sino como idea, tiene una interpretación mística, en el sentido que apunta a una situación donde es posible obtener un mal a partir de un bien.

Esto también puede aplicarse a la economía. Uno casi puede imaginarse a Adam Smith en su laboratorio de alquimista, intentando desentrañar las leyes del mercado, para llegar al maravilloso resultado que forma la base de la teoría política liberal: la suma de los egoísmos individuales produce por arte alquímica el bien común y la felicidad de los ciudadanos. “Pero ¡Cómo es eso posible!” pregunta el sentido común, “¡Ah!” responde el economista “por la mano invisible del mercado”. ¿Mano invisible? Podría decir “por arte de magia” y quedaríamos donde mismo.

En cierto modo, el liberalismo es también un desafío al cristianismo, porque parece inútil nuestra prédica acerca de la rectitud moral para alcanzar el bien. Si puedo hacer lo que yo quiera y aún así ser feliz en este mundo ¿A qué viene buscar la perfección moral? ¿Qué utilidad podría obtener de “ser bueno”? En eso estamos hoy en día, con el liberalismo, el materialismo y el relativismo moral pesadamente asentados sobre las pobres almas de las personas.

Para comenzar a desatar esa madeja, podríamos empezar por denunciar al economista-alquimista: la felicidad que nos muestra el mago no es en modo alguno el oro verdadero sino simplemente pirita de hierro.

Estudiando con detalle el truco, vemos que el mercado no funciona por sí solo, gracias a una mano invisible, sino por las personas que forman parte de él. Si esas personas se comportan con total libertad para perseguir su propio interés, lo primero que harán será mandar a paseo las leyes del mercado y la libre competencia, asegurarán sus cuotas de venta, se coludirán para aumentar precios y ocultarán información estratégica, todo en aras del egoísmo individual y el bien común no aparece por ningún lado.

La competencia que se encuentra a la base del mercado, al igual que toda competencia, requiere reglas claras y sobre todo lealtad de los competidores hacia esas reglas. En otras palabras, el mercado necesita al cristianismo. Esta relación puede haber pasado desapercibida en sociedades profundamente cristianas, como aquella donde Smith desarrolló su teoría, pero hoy es cada vez más evidente. El mercado, entonces, no funciona por sí solo, como pretenden los liberales, sino que presupone un marco (moral o legal) al cual le deben jurar lealtad los que operan en él.

Aún cuando el mercado funcionara perfectamente y según la teoría, sus principios no producen la felicidad, ni siquiera el bien común de la sociedad, su lugar adecuado está dirigido a un objetivo mucho más modesto: el uso más eficiente posible de los recursos y la producción de riqueza.

En este punto debemos volver a los consejos contra intuitivos de la economía: Si el mercado asegura el uso más eficiente de los recursos, son precisamente son los países más pobres los que necesitan aplicar más severamente políticas abiertas de mercado. Un país rico puede darse el lujo de dilapidar su riqueza manteniendo en actividad sectores que cada año producen pérdidas, no importa, tienen el dinero para hacerlo. Un país pobre, en cambio, necesita que cada uno de sus trabajadores esté empleado y produzca su propio sustento, porque el dinero es escaso y no debe malgastarse. La mejor forma de usar eficientemente los recurso que conocemos, es el mercado.

Sin embargo, aún esto debemos tomarlo en su justa medida, porque hay recursos que no queremos que sean explotados eficientemente, o al menos, no de una forma económicamente eficiente. Así por ejemplo, no es lo mismo explotar un bosque o un predio que explotar la capacidad de trabajo de una familia, que normalmente estará concentrada en los adultos. Es en este punto donde las leyes del mercado deben ceder ante un bien superior: el ser humano y su familia.

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Categorías:Economía
  1. 31/08/07 en 1:55 pm

    Te he dejado un regalo en mi blog. Me gustaría que lo recogieras. Gracias

  2. Juan
    25/11/07 en 1:47 am

    La economía ha evolucionado mucho desde la mano invisible de Adam Smith, hoy no hablamos de mercados perfectos y mucho menos de la perfecta coordinación de acciones individuales e individualistas que conllevan al ‘bienestar común’, hablamos de mercados imperfectos, asimetrías de información, comportamientos estratégicos no cooperativos que justifican la intervención de diversas instituciones con el fin de garantizar que los requerimientos de asignación eficiente de recursos no erosionen los aspectos de equidad que como seres humanos deseamos caractericen a nuestra sociedad.
    Para ser mas preciso en responder a este posteo, en resumidas cuentas creo que:
    1- El mercado no necesita al cristianismo, el mercado necesita un marco institucional laico adecuado que permita controlar las fuerzas de mercado para que no perjudiquen los objetivos de equidad que todo Estado debe perseguir en pos de conseguir el máximo bienestar de los ciudadanos, para ello la economía ha desarrollado las ramas de finanzas públicas y administración del sector público, que justamente se ocupa de un gran número de fallas y su correcta regulación que la teoría de los economistas clásicos ha pasado por alto, y lo hace desde distintas corrientes del pensamiento económico que van desde la economía clásica, a la economía behaviouralista, pasando por la corriente estructuralista.
    2- La riqueza o pobreza de un país no determina el grado de apertura del mismo, el grado de apertura de un país es primordialmente el resultado de un conjunto de medidas de gobierno, tanto económicas como institucionales que configuran el grado de inserción internacional de una economía. Un país pobre o rico puede tener una economía abierta o cerrada indistintamente, y los resultados de la apertura de una economía serán positivos o negativos dependiendo de factores tales como los términos de intercambio.
    3-El mercado no siempre garantiza el uso más eficiente de los recursos, existen numerosas fallas de mercado, a saber: fallas de competencia, externalidades, asimetría de información, selección adversa, riesgo moral, etc. Todas ellas ampliamente analizadas y modelizadas en vertientes de la economía no walrasiana.
    4-La explotación de la fuerza de trabajo de una familia no es un precepto de eficiencia económica, ni siquiera aún para la escuela neoclásica, hay gran cantidad de bibliografía respecto a los resultados no deseables de determinadas actividades económicas que se concentran en el estudio de las externalidad,del cual el teorema de Coase es piedra angular, que justamente se ocupa de demostrar como determinadas actividades que parecerían ser eficientes ex-ante, son en realidad indeseables socialmente.

    Realmente creo que no se puede hacer una crítica seria de ninguna teoría sin conocerla en profundidad, con todas mis dificultades para entender el funcionamiento de la economía, de algo estoy seguro, es imposible caracterizar a toda la disciplina a través del análisis de mercados de Adam Smith ya que la economía es mucho mas que curvas de oferta y demanda y puntos de equilibrio (de hecho, el análisis de eficiencia en la asignación de recursos se lo debemos mucho mas a Leon Walras, quien desarrolló el paradigma marginalista que hoy constituye los fundamentos teóricos de la economía neoclásica que a Adam Smith, por lo tanto el origen de la crítica ya viene mal fundamentado desde el origen), de la misma forma que es imposible refutar una teoría que involucra a través de la ley de Mendel como todo argumento de refutación.

  3. 25/11/07 en 12:36 pm

    el mercado necesita un marco institucional laico adecuado que permita controlar las fuerzas de mercado para que no perjudiquen los objetivos de equidad que todo Estado debe perseguir en pos de conseguir el máximo bienestar de los ciudadanos

    En esto estamos de acuerdo. Lo que digo es que no es coincidencia que ese marco institucional sólo haya surgido en el occidente cristiano.

    El mercado no siempre garantiza el uso más eficiente de los recursos, existen numerosas fallas de mercado, a saber:

    Por eso el párrafo en cuestión comienza con “aún cuando el mercado funcionara perfectamente”, porque sabemos que normalmente no es así.

    Realmente creo que no se puede hacer una crítica seria de ninguna teoría sin conocerla en profundidad,

    Cuando pueda hacer una crítica sería de una teoría ¡Te aseguro que la escribiré en un libro! esto es sólo un blog.

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