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Una ley de cuotas

Hace tiempo que no publicaba en la categoría política y derecho, principalmente debido a que el piso político de la presidenta Bachelet ha disminuido considerablemente, así que ya no insisten con temas polémicos e impopulares. Pero parece que la mandataria se ha dado cuenta que es poco el tiempo que le queda, así que se ha vuelto a enfocar en uno de sus temas favoritos: la igualdad entre hombres y mujeres. Así, ha anunciado que propondrá una ley de cuotas para las mujeres en las elecciones y financiamiento público diferenciado a las campañas políticas de las candidatas.

Sin embargo, cualquier medida para asegurar cuotas o beneficiar con financiamiento a mujeres por sobre los hombres es inconstitucional. En efecto, La Constitución chilena consagra en su primera disposición que “Hombres y mujeres nacen libres y iguales en dignidad y derechos”, mientras que su artículo 19 agrega: “La Constitución asegura a todas las personas: Nº 3. La igualdad ante la ley”. De esto se sigue que la ley no puede establecer una diferencia entre dos personas, sea económica o de acceso a un cargo público, fundado precisamente en su calidad de hombre o mujer.

Si la Constitución tiene algún valor en su texto y no en las interpretaciones que los políticos estén dispuestos a hacer en un momento dado, medidas como las que propone la presidenta deberían tener una tramitación muy breve.

Por otro lado, nuestro instinto liberal (o de subsidariedad, si se quiere ser más preciso) reconoce en estas políticas un intento por moldear la realidad al gusto de una teoría particular y, por lo mismo, nos lleva naturalmente a favorecer la opinión contraria: cuando hay tantos chilenos con necesidades mucho más urgentes, no parece razonable que el Estado se dedique a avanzar una agenda tan particular e ideológica.

Si uno pudiera levantar la sábana de la realidad, podríamos imaginar a la presidenta tratando afanosamente de cuadrar un círculo a punta de leyes y discursos: Igualdad es la meta, y no dejaremos que algo tan insignificante como la realidad se interponga en el camino a la utopía. Pero la realidad es bastante más porfiada de lo que los intelectuales están dispuestos a admitir, y sobre todo tiende a resurgir una vez que han muerto sus oponentes. Así lo pudo comprobar el comunismo, que luego de 80 años tuvo que admitir su derrota, no sin antes crear un régimen extraordinariamente similar al que derrocó.

La realidad, en este caso, es que hombres y mujeres son diferentes, y estadísticamente la política es un ámbito masculino, no porque una mujer no pueda ser mejor que un hombre en un cargo público, sino porque la mayoría de las mujeres están interesadas en cosas más importantes que la política.

Esto, claro está, resulta absurdo para el intelectual “¿Qué puede haber más importante que la política?” dicen “La historia no es más que la lucha por el poder, y la inmortalidad se encuentra en los libros de historia. Lo mejor que puede hacer una mujer para lograr la inmortalidad es dedicarse a la política, y es nuestro deber darle las herramientas para ello”.

Si se tratara sólo de eso, uno podría decir “bueno, a ellos los eligieron, que hagan lo que quieran”. El problema es que no se trata de algo que los afecta sólo a ellos, el oponerse a la realidad acarrea sufrimientos y frustraciones para los demás. Esfuerzos y recursos se destinan a chocar contra una realidad que no cambia, poniendo a los individuos ante metas imposibles de conseguir, y obligándoles a ignorar la realidad. En este momento, me acuerdo de la novela 1984 de Orwell y su ministerio de la verdad, que presumía de controlar la realidad misma.

En fin, nos oponemos a la medida, no sólo por ser inconstitucional, sino por no es coherente con un Estado liberal que los gobernantes impongan a los ciudadanos sus particulares ideas acerca de cómo debe ser la realidad.

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Categorías:Política y derecho
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