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Moral

Al comenzar a redactar esta entrada me di cuenta que la mayoría de las últimas se han iniciado con comentarios de visitantes. Aprovecho esta ocasión para agradecerles a todos por sus comentarios, realmente hacen que sea interesante mantener este blog.

Nuevamente, muchas gracias a todos.

Carlos José nos comenta:

Creo que seria bueno una discusión acerca de la Moral Cristiana, contra una moral y ética ‘universal’

La cuestión de fondo es ¿como convencer a alguien que no cree en la revelación Cristiana que su moral es una MORAL universal? ¿Como convencer a alguien que no cree en el ‘alma’ que un feto tiene valor y dignidad? ¿Como convencer a una persona de que su enfermo que esta conectado a distintas maquinas y que de por vida va a estar alli sufriendo, merece vivir a pesar de que el mismo no quiera, y de que eso tiene ’sentido’ cuando esa persona no cree en ‘otra vida’?

Creo que estas cuestiones son difíciles de afrontar…

Mi opinión a priori (que para conversar abro este tema) es la siguiente:

Con la moral pasa lo mismo que con la razón y con toda forma de conocimiento: antes de entrar a conversar siquiera, debemos acordar algunos principios básicos, sin los cuales todo esfuerzo es en vano. Lamentablemente, no es poco común encontrar personas que los pongan en duda. No me refiero a principios como la dignidad del ser humano, sino cosas tan básicas como la libertad o el principio de no contradicción.

Si el ser humano no es libre, es decir, capaz de decidir entre dos cursos de acción, y ser responsable por ello, es evidente que no tiene sentido hablar de moral. Un ser humano tendría tanta moral como una piedra que cae. Esta posición de materialismo estricto, y cierta forma de determinismo (ya sea mecánico o cuántico), es lo habitual entre nuestras élites, y explica, en parte, por qué es tan poco común conversar de moral.

El principio de no contradicción, por otro lado, nos permite establecer que lo que digamos es válido para nuestro interlocutor. Es obvio que ante una exposición, la contraparte puede contestar “eso es cierto para tí, pero no para mí”, no vamos a ninguna parte. El relativismo, en su forma más extrema, hace precisamente esta afirmación, y es una posición que no es mal vista.

Superadas estas barreras, podemos comenzar a conversar sobre moral.

El primer principio moral que tendemos a reconocer es el evitar el dolor y buscar el placer. Bajo este principio ético, adquiere gran importancia el conservar la vida ya que es requisito para el placer, a menos que esa vida sólo sirva para prolongar el dolor ¿les suena conocido?

Este primer acercamiento a la moral es muy compatible con el individualismo, ya que el dolor y el placer es algo que cada uno siente personalmente. Algunos factores que tienden a atenuar este individualismo, como el no dañar a otro, no surgen lógicamente de su principio básico, sino que son apéndices agregados por factores culturales. Esto se demuestra al observar que al momento de definir quién es ese otro, y qué entendemos por “dañar”, las respuestas varían mucho según el contexto cultural en el que situamos esta máxima. Aquí podríamos situar el problema del aborto.

El problema con este primer acercamiento a la moral es doble: en primer lugar, resulta destructivo para la comunidad en su conjunto. En una situación normal esto es evidente por sí mismo, pero occidente ha alncazdo tal nivel de riqueza, que las consecuencias de su individualismo exagerado se han ido tapando y retrasando con dinero y un Estado cada vez más agobiante.

En segundo lugar, esta mezcla de hedonismo e individualismo a la larga es insatisfactoria para el alma humana. Los jóvenes quieren ser desafiados y el hedonismo no les ofrece nada. El amor, el honor, la libertad, la esperanza son conceptos que hacen eco en el alma humana, y no se ven satisfechos por una moral que se agota en el placer.

La respuesta es buscar una moral más elevada. Aquí los filósofos comenzaron su labor, bajo el principio que cada uno debe ser lo que es, es decir, cada uno debe ser fiel a su naturaleza. Esto lleva a desarrollar teorías acerca de la naturaleza, qué son las cosas y que implica eso al ser humano.

El resultado de más avanzado esta reflexión es lo que en Grecia se conoció como estoicismo, que en sus conclusiones es muy parecido a lo que plantea Confucio en China o Buda en la India. El estoicismo

Entonces, llega el cristianismo, y lo da vuelta todo:

Os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, pero después nada más pueden hacer. Os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno. Sí, os digo, a este temed.

Con esto se daba un golpe mortal al hedonismo, y una nueva perspectiva de vida al estoico. El hedonismo es la víctima principal aquí, porque le entrega una nueva perspectiva al placer, que ya no se encuentra en este mundo, sino en la unión con Dios. El estoicismo tampoco salió bien parado, pues donde el estoico llamaba a soportar el dolor con resignación, el cristianismo llamaba a soportar el dolor con alegría.

Es mi opinión que es este espíritu cristiano es lo que permitió a occidente ir más allá en su desarrollo que cualquier otra civilización, antes en la historia, hasta convertirse en la cultura dominante.

Lamentablemente, la propia opulencia a que dio lugar el desarrollo cultural provocó que occidente intentara dejar atrás las referencias a la divinidad como base para la moral y esto provocó a su vez episodios tan tristes como el comunismo y el nacismo. Horrizada por su propia capacidad para el mal, occidente tuvo que volver a crear una base para fundar el deber: así tomó relevancia el concepto de los derechos humanos.

El problema con los derechos humanos es que si los miramos aisladamente parece que que son arbitrarios y sin fundamento, sin una idea común de fondo. Por eso hoy en día cualquiera que tenga un interés y puede declararo un derecho humano, y ampararse en el movimiento que los promueve: derechos de 2a, 3a o 4a generación, les llaman.

La consecuencia es que el concepto de “derecho humano” va perdiendo prestigio, y volvemos a lo más básico: individualismo y hedonismo.

Ahí nos encontramos hoy en día: con los derechos humanos en decadencia y, sin querer volver a estadios más avanzados, regresando al materialismo, relativismo y en el mejor de los casos al hedonismo. Sin una guía moral cierta toda civilización, no importa su historia, decae.

Con todo este rodeo, vuelvo a las preguntas:

Lo más lejos que puedes llegar hacia una moral universal sin apelar a la revelación cristiana, es el estoicismo, y eso sólo cuando tu interlocutor esté dispuesto a aceptar la necesidad de una moral más elevada que el simple hedonismo.

Es imposible convencer a alguien que el homicidio es malo sin Gn 1:27, mucho menos el aborto. Es cierto que en todos los códigos morales se encuentra una prohibición contra el homicidio, pero no se funda en un valor intrínseco de la vida humana, sino en el valor que pueda tener para la comunidad o para una idea.

Antes de intentar convencer a alguien de no cometer desconectar a alguien, hay que convencerlo de que el homicidio es malo, porque eso es lo que hará si quita la vida a otro. Obviamente, si nuestra contraparte no quiere ir más allá de “dolor malo, placer bueno”, hay que retroceder un poco más y convencerlo de que hay cosas por las cuales vale la pena el dolor, como por ejemplo, hacer lo correcto.

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Categorías:Religión
  1. 16/03/07 en 3:33 am

    Hola hola!

    “¿como convencer a alguien que no cree en la revelación Cristiana que su moral es una MORAL universal?”

    La clave está en la antropología…

    La persona humana es la misma en todas partes y en todos los tiempos.

    Cuidado con reducir el cristianismo a una moral (o al derecho); esto es consecuencia -a mi modo de ver- de la casuística del s. XIX.

    Sls!

  2. 17/03/07 en 2:12 pm

    Efectivamente, como dice Marta, lo esencial del cristianismo no es que sea una moral. Los ateos generalmente lo consideran así, pero esto es inexacto. Lo esencial es una persona, Jescucristo,
    cuyo seguimiento implica una moral; pero ésta es un medio, no un fin en sí mismo.

    He leído a Julio Retamal Favereau (historiador chileno) quien en su libro “Y después de Occidente qué…” señala que la Iglesia del siglo XX cometió el error de defender mucho la moral y poco el dogma y la liturgia, siendo que es más importante lo primero. Por ejemplo, señala, la degeneración de la liturgia ha conllevado el alejamiento de la fe… Da para pensar.

    Por último, un tema puntual. Muchos creen que la Iglesia es partidaria, éticamente, de la mantención de la vida del moribubdo a toda costa. Esto es falso. Tan pecado como adelantar la muerte natural en forma artificial es prolongarla del mismo modo. La Iglesia, entiendo, acepta que hay muerte natural con la muerte cerebral y, además, sólo exige, para enfrentar cualquier enfermedad, la utilización de los medios ordinarios. Por tanto, no es para nada más cristiano es el que busca prolongar su vida artificialmente.

    La Iglesia, en su coherencia, venera tanto la vida como la aceptación de la muerte, que es el paso a la Vida Eterna.

  3. 28/03/07 en 10:13 pm

    Las cuestiones éticas siempre son difíciles de abordar, sobre todo cuando se refieren a los temas más delicados. La mejor solución, no obstante, será siempre el poner los distintos puntos de vista sobre la mesa y discutirlos. El problema con el mundo posmoderno es que confunde la tolerancia de las opiniones contrarias (un imperativo legal e inevitable en toda sociedad, como señala Joseph Ratzinger en su libro Fe, verdad y tolerancia, 2004) con el relativismo, para el que todas los discursos son opiniones, y por tanto, igualmente válidas. Y sabemos que no es así, que la madre de todas las ciencias, la filosofía, es un discurso (que involucra debate, crítica, confrontación de ideas, síntesis) que busca la Verdad. No se puede tener un diálogo honesto si no se parte desde posiciones firmes y bien definidas y se las enfrenta una a otra seriamente. Al contrario, si se parte desde la suposición de que ambas son igualmente válidas, la discusión es intrascendente, pues no va a llegar a ninguna parte. Los iguales, como las cargas magnéticas, se excluyen.

    Una vez que, en aras de la falsa tolerancia, matamos el diálogo, el debate, el enfrentar al otro, traicionamos nuestro ser-humanos, entes sociables e infinitamente responsables hacia los otros (en palabras de Emmanuel Lévinas). Si no es posible mirar al otro cara a cara y tratar de entenderlo, mucho menos es posible el ser responsable por él o ella, como advertía Lévinas. La ética como filosofía primera es imposible. Y cómo no va a ser así, si la filosofía que renunció a la verdad dejó de ser tal y murió.

    El debate sincero y abierto, no obstante, no significa necesariamente que una universalidad sea posible. El debate es ya en sí un gran paso, y un buen ejemplo sería, a pesar de cualquier reserva, el proyecto de una ética mundial de Hans Küng: ¡el problema ha sido puesto sobre la mesa! (y esto se lo reconoce con admiración Ratzinger). Ni siquiera el cristianismo y la filosofía occidental, por más ‘universal’ que sea su mensaje, son verdaderamente universales. Y para eso cito de nuevo al cardenal Ratzinger, en su titánico debate con el titán Jürgen Habermas:

    ‘[…] la no universalidad de hecho de las dos grandes culturas de Occidente: la fe cristiana y la racionalidad secular, por importante que sea su doble influencia, cada una a su manera, en el mundo entero y en todas las culturas. […] si se parte de una comparación de las culturas y de la sociología de las religiones, la secularización sería tal vez un camino particular que necesitaría un correctivo. […] En todo caso, es un hecho que nuestra racionalidad secular, por grande que sea su claridad para una razón formada en Occidente, no es evidente para toda ratio, y que en sus tentativas por hacerse evidente se topa con límites. Su evidencia está de facto ligada a ciertos contextos culturales: debe reconocer que no es comprensible para toda la humanidad y que, en consecuencia, no puede volverse totalmente operativa para ella. En otras palabras, la fórmula universal o racional, o ética, o religiosa, que reuniría a todos y que podría subsumir al conjunto no existe. Y por ello el supuesto ethos mundial sigue siendo una abstracción.

    ¿Qué hacer entonces? […]

    1.Hemos visto que existen patologías sumamente peligrosas en las religiones; éstas hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control que la religión debe aceptar como un órgano permanente de purificación y regulación, opinión que por cierto también compartían los Padres de la Iglesia. Pero nuestras reflexiones también han mostrado que existen patologías de la razón (algo de lo que en general está menos consciente la humanidad actual); existe una hubris (violencia) de la razón que no es menos peligrosa y que incluso, debido a su eficiencia potencial, es aún más amenazadora: la bomba atómica, el hombre como producto. Por ello y en sentido inverso, la razón también necesita que se le recuerden sus límites, y debe aprender la capacidad de escuchar las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si se emancipa totalmente y se niega a esta disponibilidad para aprender, a esta forma de correlación, se volverá destructora. […] una forma necesaria de correlación entre razón y fe, razón y religión, llamadas a una purificación y una regeneración mutuas: ambas necesitan una de la otra y deben reconocerlo mutuamente.

    2. Enseguida habría que concretar esta regla fundamental en la práctica, es decir, en el contexto intercultural de nuestro tiempo. No cabe duda de que los dos principales compañeros de esta forma de correlación son la fe cristiana y la racionalidad occidental secularizada. Podemos y debemos decirlo sin falso eurocentrismo. Ambas determinan la situación del mundo de manera mucho más decisiva que todas las demás fuerzas culturales. Pero esto no significa que pueda desecharse las demás culturas como “cantidades desdeñables” en cierto modo. Esto sería una forma de hubris occidental, que tendríamos que pagar caro y de hecho ya estamos pagando en parte. Para las dos grandes componentes de la cultura occidental es importante aceptar una escucha, una forma de correlación, verdadera también, con las demás culturas. Es importante integrarlas en una tentativa de correlación polifónica, en la que ellas mismas se abran a la complementariedad esencial entre razón y fe; de este modo podrá nacer un proceso universal de purificación en el que, al final, los valores y las normas, conocidas o intuidas de una manera u otra por todos los hombres, lograrán una nueva fuerza para proyectarse, y lo que mantiene unido al mundo tomará así un vigor nuevo’. (Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, Los fundamentos prepolíticos del estado liberal en Letras Libres: http://www.letraslibres.com/index.php?art=10498)

  4. 24/04/07 en 8:10 am

    Patoace, te invito a ver Resultado del choque de civilizaciones, donde añadí un vínculo a este post.

  5. carla caceres
    8/05/07 en 8:08 pm

    creo que la moral y el derecho es esencial para nuestra vida si no tuvieramos reglas que acatar viviriamos en un caos.Al igual que la moral ambas son normas una de caracter obligatoria y la otra no sancionada,tenemos que hacer vigente en nuestra sociedad la moral y el derecho ya que ambas son de bien comun y nos facilitan nuestra existencia,la moral es esencial en nuestras vidas y de nuestro enriquecimiento como persona,no cumplamos solo las normas juridicas (el derecho)por miedo a la sancion .creo que moral y derecho van entrelasadas entre si.

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