Igualdad

Para equilibrar una legítima aspiración de mayor justicia con libertad, debemos tener en cuenta que la igualdad y la humildad son, en palabras de Tolkien, principios espirituales, y no “políticas de gobierno”. Luego debemos tomar el camino difícil, servir al pobre en concreto y no dejar que sea el Estado el que se haga cargo de un deber que es nuestro. En otras palabras, asumir nuestro deber y no pagar para que otro lo haga.

Reconozco que esta ideas son de carácter filosófico. En el debate político chileno, cuestionar la igualdad hoy en día equivaldría a ser catalogado, al menos, de conservador, y más seguramente de loco. Pero cuando tratamos de determinar qué se quiere decir cuando se habla de igualdad, parece que nadie ha pensado seriamente las consecuencias que implica.
En el tema de la educación, por ejemplo es donde el costo de la igualdad versus la libertad aparece de forma más evidente. Partiendo de la base que todo padre siempre querrá que su hijo reciba la mejor educación posible, es evidente que la educación reflejará las diferencias que existen en la sociedad. Es tan simple como que un padre con dinero buscará los medios para dar una educación de mejor calidad a su hijo, y otro, que no pueda acceder a esos recursos, no tendrá esa opoción.
Buscar la igualdad en este ámbito implica necesariamente impedir que los padres gasten dinero en la educación de sus hijos, restringir su libertad y pasar a llevar el derecho básico que tienen sobre la formación de sus hijos.
En el ámbito laboral, ¿podemos aspirar a que todos los trabajadores se desempeñen en las mismas condiciones de trabajo? No parece posible. Siempre habrá personas que trabajen en un almacén frío y oscuro mientras otros lo hacen en oficinas con aire acondicionado, o que trabajen para un taller apenas con cobertura de salud cuando otras lo hacen para una transnacional con cientos de garantías y programas de desarrollo humano.
¿Por qué la diferencia? Muchas veces será simple y pura suerte, sea que consista en ser más inteligente, o apuesto, haber visto un anuncio que otro no vio o salir del mismo colegio que el entrevistador de la empresa. Incluso si miramos al mérito de cada trabajador, veremos que reunir las capacidades para un determinado trabajo frecuentemente no depende del esfuerzo de cada uno, sino de las elecciones que se tomaron previamente, sin saber para qué servirían luego.
Si nos esforzamos en imponer a todos los trabajadores las mismas condiciones de trabajo, los resultados posibles son dos: o las empresas pequeñas desaparecerán, agobiadas por cumplir obligaciones fuera de su alcance, o las empresas grandes deberían reducir los beneficios de que gozan sus trabajadores. Ese sería el absurdo resultado de buscar la igualdad en las condiciones de trabajo.
Finalmente queda el tema de la píldora del día después, donde se justifica una compra irracional del Estado, señalando que “Si los ricos lo hacen porque tienen dinero ¡es evidente que el Estado debe regalarlo a los pobres!”. El problema es que el borto, drogas, condones, pornografía, eutanasia, prácticamente cualquier cosa se puede vender bajo la cubierta azucarada de la igualdad, con sabor a justicia social.
El argumento es tan simple que sirve para justificar cualquier cosa: “¿Por qué no puedo quedarme hasta las dos de la mañana? Todos mis amigos se van a quedar”, y por lo mismo, la respuesta tradicional de los padres es también simple y automática “Y si todos tus amigos se tiran de un puente ¿tú también te vas a tirar?”.
Esto nos muestra que en la mayoría de los casos, apelar a la igualdad no indica más que la falta de una buena razón, o peor aún, un motivo que no se quiere manifestar.

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Categorías:Política y derecho
  1. 12/06/06 en 1:21 pm

    El igualitarismo es el peor enemigo de la solidaridad. Pues si todos somos iguales, entonces no necesitamos de los demas.
    Pero la desigualdad natural es querida por Dios pues solo por ella es que se da la solidaridad, i.e. la suplencia y complementacion entre los individuos que componen una sociedad cualquiera. Damos gratuitamente lo que nos sobra y aceptamos gratuitamente los que nos falta para perfeccionarnos como personas y santificarnos.

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