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Conservadores, de José Joaquín Brunner

José Joaquín Brunner publica esta columna en El Mercurio, y apunta sus dardos a los “Conservadores”, tópico por demás curioso, toda vez que en Chile nadie se identifica a sí mismo con ese nombre.

Puesto que la columna tiene intenciones críticas, uno se queda con la idea que “conservador” no es más que un adjetivo descalificativo, que se aplica a cualquiera que no esté de acuerdo con las ideas del autor. ¿Cuáles son esas ideas? Brunner no se molesta en establecerlas, pues al parecer sólo le interesa demostrar cuán perversos son sus “conservadores”.

Resume la primera parte de la columna:

En efecto, el mundo imaginado por el pensamiento conservador es una pesadilla, como el infierno del Dante con sus círculos viciosos.

¿Alguna referencia sobre el origen de esta conclusión? no se aporta ninguna cita de un autor cuyas ideas uno pueda identificar con la pesadilla que propone el columnista. Simplemente se asume que el lector comparte esta visión de los terribles conservadores.

¿Dónde residiría el origen de los males presentes? En lo inmediato, en los grupos intelectuales progresistas, de cualquier denominación o escuela, con su profusión de ideas contaminantes: nietzscheanas, deconstruccionistas, feministas, posmodernas y, hacia atrás, de extracción gramsciana, freudiana, marxista y positivista.

El autor no intenta defender el marxismo (hoy en día nadie serio lo haría), el positivismo o a Freud, sólo busca caracterizar algunas escuelas “intelectuales progresistas” con las cuales sus amorfos oponentes no estrían de acuerdo.

No puede extrañar, por lo mismo, que el pensamiento conservador abrigue un profundo resentimiento anti intelectualista.

Paul Johnson explica que el intelectual se ha convertido en el sacerdote de la era moderna, con la agravante que rara vez en su vida persona estos individuos han estado a la altura de los valores que dicen encarnar. “Profundo rechazo anti intelectualista” no es más que una frase emocionalmente cargada, para predisponer negativamente al lector a la idea de que, después de todo, no hay nada tan maravilloso en los intelectuales.

Las ideas son el enemigo; hay que librar y ganar guerras culturales. Más al fondo, sin embargo, el enemigo principal es la libertad de los modernos.

Los conservadores no comparten la idea de libertad que intentan avanzar los modernos, y esa es una diferencia legítima, pero tratar de presentar al oponente como enemigo de la libertad y de las ideas no es nada sutil.

Como ha dicho Gertrud Himmelfarb, la libertad absoluta tiende a corromper absolutamente; lo que toca, lo profana. Una libertad divorciada de las tradiciones y convenciones, de la moralidad y la religión, se convertiría en pura licencia, arrastrando tras de sí las jerarquías y los estamentos, dislocando los lazos de valor, destruyendo el tejido orgánico de la comunidad.

Este es el único párrafo donde se alcanzan a distinguir los molinos de vientos a los que se enfrenta el autor. Entonces se pregunta.

¿Es seria y sostenible esta visión dantesca de las libertades modernas y del efecto de las corrientes progresistas en la cultura?

Pero no se responde, sino que pasa al argumento ad hominem.

El hecho de que ella sea expuesta repetitivamente por algunos comentaristas en la prensa no constituye, en efecto, certificado de seriedad ni le otorga sustentabilidad el fervor con que se la expone. Al contrario, el antiintelectualismo de esta forma de pensamiento -acompañado en Chile de un agudo parroquialismo- termina restándole densidad académica y la convierte, más bien, en un conjunto de enunciados cargados de emoción, pero vacíos de razón.

Comentaristas fervorosos, antiintelectualistas, parroquialistas son los gigantes que amenazan al autor, no sus ideas.
Además se busca equiparar “intelectual” y “académico” con “argumentos razonables”, asociación que no es más que un argumento de autoridad regurgitado: no se atacan los enunciados conservadores (cargados de emoción y vacíos de razón, como conviene descalificarlos) ¡Ni siquiera se los enuncia! Basta con establecer que no están sustentados en la intelectualidad ni la academia. Habrá algunos profesores universitarios para quienes este argumento resulte convincente; para el resto de los pobres mortales, no ¿se extrañan luego que uno no inciense el altar de los intelectuales?

Como ya había observado Mannheim en su tiempo, se trata de una ideología reactiva; una reacción frente al progresismo intelectual, pero que carece de una postura coherente frente a los fenómenos sociales. Menos aún, de una propuesta para su reforma o reconstrucción.

Vuelve aquí a apelar a los conceptos ya compartidos por su auditorio, refiriéndose a las tendencias reaccionarias contra el progreso y la ciencia. Siempre que escucho la palabra “reaccionarios”, no puedo evitar acordarme de los discursos de seis horas de Fidel Castro, único orador.
Si esta columna hubiera aparecido en El Siglo o en La Nación, uno entendería este tipo de discursos, después de todo, nadie compra esos diarios sino comparte su ideología. Molesta verlo en El Mercurio, porque en este medio uno puede encontrar diversas opiniones expresadas, desde Hermógenes Pérez de Arce hasta Carlos Peña, pero siempre con honestidad intelectual hacia la posición contraria, no meras prédicas.

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Categorías:Actualidad
  1. 4/05/06 en 3:03 pm

    otro bloggero chileno, llamado Francisco Salinas también le dedica una nota en su blog:http://elrincondemichelle.blogspot.com/

    Discrepo contigo en que tanto Carlos Peña como J.Brunner intentan librar una guerra cultural no sé si ficticia o real. También está Agustín Squella .De hecho, en Chile no hay nadie que se identifique con lo que ellos llaman “conservador”.
    La reflexión filosófica sobre el conservadurismo es más fuerte en los países anglosajones. En Inglaterra tienes a dos filósofos que se declaran conservadores y dan sus razones. En ambos ser conservador es más una actitud ante el mundo que una ideología. Ellos son Michael Oakeshott y Roger Scruton. En Estados Unidos tienes a Ann Coulter, Leo Strauss y un pensador que no recuerdo. Los neoconservadores norteamericanos son ex troskistas.
    Escribe a mi correo si te interesa leer algunos ensayos de ellos. Son buenos.
    Lo que diferencia a la Derecha de la izquierda, que es más esceptica.
    En Chile no hay tal reflexión. La Derecha es muy ingenua, cree en la buena fe de la izquierda. Cuando ésta actúa de mala fe siempre.

  2. 5/05/06 en 12:06 am

    Respecto de Carlos Peña y Agustín Squella también he hecho algunas entradas en esta misma bitácora, las puedes encontrar con el buscador.
    Mi punto era una alabanza a El Mercurio por la diversidad de ideas que expone, a diferencia de otros medios que son reconocidamente parciales.
    Mi visión de la política es que la izquierda no ha sido tan hábil para manejarse en democracia; el problema es que la derecha ha sido particularmente incompetente en ser oposición.

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