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Medicamentos y cosméticos

El hecho de que los metodos anticonceptivos hayan sido producidos por la industria farmacéutica y distribuidos por los médicos, no implica que sean medicamentos. De hecho, puesto que los anticonceptivos no buscan restablecer el funcionamiento normal del cuerpo, sino alterarlo por consideraciones que van más allá de la salud, se parecen más a dispositivos cosméticos.

Todas las culturas a lo largo de la historia han desarrollado prácticas que afectaban seriamente la salud de las personas (comúmente las mujeres), y que se justificaban desde el punto de vista de resultar más atractivos a los ojos de la sociedad. Así, por ejemplo, se entablillaba a los niños, las mujeres rompían sus labios y orejas para alargarlos, se ponían objetos frente a los ojos para provocar estrabismo o rígidos arneses para obtener forma de avispa. Los anticonceptivos se enmarcan dentro de esta misma tendencia, ya que todos ellos alteran el proceso natural de la procreación para impedir su fin natural y curiosamente lo hacen afectando, más o menos gravemente la salud de la mujer. El hecho de que su efecto sea menos visible que una oreja de 30 centímetros no cambia el hecho de que una mujer “en la píldora” será más aceptada socialmente que una que no lo hace.

De esto no se sigue que la anticoncepción sea más perniciosa que hacerse un tatuaje, pero sí permite cuestionarnos cuál es el rol que debe cumplir el Estado frente a la anticoncepción. Después de todo, el Estado debería dedicar sus recursos a restablecer la salud de los ciudadanos, no a alterarla, a menos que tenga razones para controlar la natalidad. Reportes de la época cuando se introdujo por primera vez la píldora anticonceptiva cuentan cómo había un optimismo en cuanto a que el espaciar los hijos provocaría que las relaciones entre hombres y mujeres fueran más cercanas e igualitarias. Incluso en Chile, el gobierno demócrata cristiano de Frei (que en otras materias seguía las líneas de la Iglesia) fue el que instó por su aplicación a nivel popular. Los resultados de esta política hoy en día son precisamente los contrarios, y esta realidad debería hacernos revisar los conceptos.

Por otro lado, los efectos perniciosos de la anticoncepción no provienen del uso en sí (hay muchas prácticas moralmente reprobables, pero socialmente aceptadas), sino del hecho de que la anticoncepción no es sólo una técnica, sino que implica una nueva mentalidad y un cambio cultural (al igual que en su momento lo fueron las armas de fuego, la escritura o el hierro). Antes de surgir la anticoncepción, la medicina era una de las más altas formas de la ciencia, dedicada a restablecer el funcionamiento saludable del organismo y era famoso el juramento hipocrático que impedía administrar un veneno o practicar un aborto, incluso con el consentimiento del paciente. Hoy en día, en cambio, la mentalidad cosmética y anticonceptiva ha golpeado fuertemente el contexto en el cual se practica la medicina: lo importante no es sanar al paciente, sino darle calidad de vida, que es un concepto cuyo alcance queda entregado a la voluntad del paciente y, a falta de éste, a la sociedad. Si eso no es posible, es lícito dejarle morir. En este sentido, humanae vitae es un claro ejemplo del don de profecía que el Espíritu Santo concede a su Iglesia ya que, en su momento, sólo Pablo VI fue capaz de advertir, tal vez sin comprender, sobre la degradación de la dignidad humana que implica la anticoncepción.

No es de extrañar entonces, que la forma de medicina que gana más terreno es aquella meramente cosmética, es decir la que quiere arreglar lo que ya funciona bien, para hacernos más deseables socialmente. Nuevamente, eso no implica por sí sólo que la cirugía plástica sea mala, pero es útil darnos cuenta del cambio para que, llegado el momento, podamos decir basta y para que los que se dedican a este campo sepan que no serán los dignos doctores de la antigüedad, sino meros funcionarios sujetos al capricho de su empleador.

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Categorías:Sexualidad
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