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El divorcio NO es el tema

A todos nos gusta considerarnos un poco rebeldes, no quedarnos sólo con lo que nos dicen, y en los conflictos tendemos a ponernos de lado de aquel que aparece más injustamente tratado. En el reciente debate sobre una nueva ley de matrimonio civil, la posición de la Iglesia Católica ha sido muy desfavorecida, y eso me lleva a considerar con más tiempo y detención su complicados aspectos.

Dentro de las múltiples aristas del problema, hecho de menos una consideración más directa hacia el siguiente punto: más allá de las consideraciones sobre la posibilidad de volver a casarse (que es a esto lo que se limita el problema, ya que nuestra actual ley ya contempla el divorcio, pero uno que no habilita nuevo matrimonio, y sería bueno que los actores del debate lo tuvieran claro), se encuentra pendiente reflexionar sobre el matrimonio en sí, y la razón por la cual el Estado considera necesario tener una ley que reconozca una unión personal, no patrimonial (aunque a veces tenga algún efecto en este ámbito) entre dos particulares. Más directamente, se trata de responder la siguiente pregunta ¿Por qué el Estado debe casar a las personas?

En un sistema totalitario se entiende que los órganos estatales intenten controlar los ámbitos más íntimos de la vida de las personas, y entre ellos el matrimonio. Sin embargo, superada esta concepción en la cultura occidental, el Estado requiere una justificación precisa y clara para dictar una ley de matrimonio civil. Más aún, dicha justificación no puede ser cualquiera, sino que debe fundarse en los efectos que dicha materia produce en el ámbito social y público.

Esto, que puede parecer claro, tiene un grave inconveniente cuando se contrasta con la percepción general sobre el matrimonio, donde las razones que se encuentran tras la decisión de casarse son de estricto orden personal. Pocas cosas hay más ajenas al ámbito de “lo público” que el tierno y puro amor que puedan profesar mutuamente dos individuos de la especie humana. Y si el fundamento para unirse en términos más o menos públicos y permanentes es el amor (como ocurrirá en el 99% de los casos), no se ve causa suficiente para que el Estado regule los efectos de ese amor… a menos, claro que el Estado deba enterarse cada vez que amamos a alguien y ponerle leyes a ese amor.

El problema con la posición de quienes quieren permitir los segundos matrimonios (y que quede claro que el divorcio no es el tema) es que de seguir su secuencia lógica, debería no sólo dejar al arbitrio privado las razones y circunstancias de la disolución del primer vínculo, sino además dejarse a la libertad propia del amor los efectos y términos de dicha unión, con lo que perdería sentido totalmente el tener una ley de matrimonio civil.

En conclusión, antes de decidir si permitimos a las personas tener dos matrimonios, debemos decidir porqué al Estado le interesaría regularlos.

En este ámbito la posición de la Iglesia tiene mucho más sentido que las otras, y se encuentra avalada, más que por encuestas y comentadores de trasnoche, por una larga serie de filósofos y moralistas. En su concepto, el matrimonio es un sacramento que se encuentra muy principalmente al servicio de la comunidad, y es por ello, no por razones de índole sobrenatural, que es conveniente su regulación por la autoridad pública. Además cada una de sus características (monogamia, heterosexualidad, indisolubilidad, fecundidad) se encuentra profundamente arraigadas en el bien común y la dignidad de la persona humana (véase los números 1644 y siguientes del Catecismo de la Iglesia Católica).

No es menester que todos acojan las posiciones católicas como propias, pero sí sería enriquecedor para el debate contar con un concepto claro y coherente de qué es el matrimonio, y porqué debe dictarse una ley que lo regule. De otro modo, el divorcio pasará a ser nada más que otra solución de parche a los males de la familia en Chile.

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