Mi hija, Rosario, tiene 5 años cumplidos en febrero, y ya empieza a tomar sus primeras decisiones como persona. Cuando la mando a hacer algo y ella está entretenida haciendo otra cosa, empieza a dudar si obedecer inmediatamente o tratar de seguir jugando o viendo TV. Sinceramente amigos, a nadie que no haya observado crecer a sus hijos se le debería escuchar cuando habla acerca del ser humano, y muchos filósofos e intelectuales cumplen este requisito.
En fin, cuando mi hija hace algo malo, la retamos, como debe hacer todo buen padre, y ella nos dice con total sinceridad, pero más que nada sorprendida por nuestra reacción, “Perdón, mamá”.
Desde luego, sus ojos abiertos y su carita de pena hacen empíricamente imposible no acceder a tal petición, y mucho menos pensar en castigarla, así que la perdonamos antes que termine su frase. A pesar de eso, su madre y yo sabemos que ese “Perdón, mamá” y nuestro amor de padres no es suficiente, que a pesar de ser sincero su arrepentimiento, seguramente volverá a hacer lo mismo, porque no sabe cómo es mejor para ella hacer lo que sus padres le dicen. Ella debe aprender cuándo es importante hacer lo que se le pide, y cuándo puede hacer lo que quiere, pero para llegar a eso deberá pasar mucho tiempo.
A veces, cuando uno piensa acerca del amor y el perdón de Dios, puede preguntarse por qué, si Dios ya nos perdonó, es necesario el purgatorio, pero viendo crecer a mi hija, creo que cuando la Iglesia nos dice que Dios es nuestro padre, lo dice en un sentido mucho más real de lo que podría parecer a primera vista.
Comentarios recientes