Pavlov estaría orgulloso: las autoridades de una casa universitaria cancelan las presentaciones de una obra de teatro, y, como si escucharan una campanada de “censura”, los intelectuales usuales comienzan a entonar las elegías de la libertad de expresión y a rasgar vestiduras presagiando la aurora del autoritarismo y la teocracia.
Escribe Carlos Peña:
En términos generales -salvo dos o tres excepciones, como el discurso de odio o la práctica de la pornografía, que niegan la calidad de sujetos a algunos de nuestros semejantes-, una sociedad abierta debe tolerar la libre expresión.
Si por virtud del debate aceptamos la amplia tolerancia que nos propone el autor, todavía queda por demostrar quién es el obligado a desplegar la tolerancia. Por ejemplo, si viene Miguel Ángel a pintar su versión de La Última Cena sobre el muro de mi casa ¿Acaso estoy obligado a tolerar el vandalismo, porque él invoca la libertad de expresión? Desde luego que no, yo voy, le tiro pintura blanca encima, o si quiero le pinto bigotes a Judas, y nadie en su sano juicio podría reprocharme moralmente por censurar, mucho menos de vulnerar los derechos fundamentales y ser una amenaza para la sociedad. Los particulares no estamos obligados a tolerar la libertad de expresión de los demás.
El mismo Carlos Peña reconoce que el obligado a tolerar es la sociedad. Y si tal es el caso ¿Qué se le puede reprochar a las autoridades universitarias? Una universidad es una comunidad de individuos, no es la sociedad ni la representa, y como tal, no está obligada a “tolerar la libertad de expresión”. Corolario de esto es que las autoridades universitarias gozan de la autonomía para decidir qué expresiones son adecuadas para llevarse a cabo en sus aulas, y cuáles no lo son. Uno puede deplorar de las decisiones de los particulares, en base al mérito que tenga la expresión, pero no puede cuestionar la legitimidad de su actuación, cuando ellas se encuentran en el ámbito de su libertad.
Hay varias razones para ello.
Mill, por ejemplo, argüía que la libre circulación de las opiniones y de las ideas permitía que la verdad espantara al error y a la estupidez. En la libre competencia de las expresiones, la verdad, sugirió, acabaría por imponerse.
Si claro, una mano invisible guiará a las ideas hasta asegurarnos que aquellas que sobreviven, son La Verdad. Cuesta entender que estas teorías de liberalismo clásico hayan sido tantas veces probadas falsas y corregidas en la economía, pero siguen vivas y coleando en otras áreas.
El arte -lo sabemos de sobra- no sólo se relaciona con el idealismo de lo estético, las rutinas del academicismo o el consumo de objetos o de espectáculos vinculados al buen gusto. También es una práctica para explorar los límites del orden, dar curso a energías pulsionales reprimidas, ensayar formas de comunicación cuando el pacto del lenguaje parece fracasar.
“Lo sabemos de sobra” es una frase muy interesante, porque le ahorra a uno el justificar cualquier barbaridad o despropósito que queramos agregar luego ¿Se imaginan? “El hombre –lo sabemos de sobra– es un esclavo del Estado” “La mujer –lo sabemos de sobra– debe quedarse en su casa” “Cristo –lo sabemos de sobra– fue crucificado, muerto y sepultado, y resucitó al tercer día”. En el fondo, con este tipo de columnas, Carlos Peña no pretende mostrarnos un punto de vista nuevo o invitarnos a reflexionar, sólo le está predicando a su particular feligresía.
En una palabra, el arte casi siempre es el intento por estirar la cuerda, por correr el muro donde principia lo que no puede ser dicho.
Ideas como esta nos han llevado a la decadencia que existe actualmente en el arte occidental. Vale entonces preguntarnos ¿Qué es el arte? y la relación entre la alabanza y el arte.
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